Archivo de la categoría "El álbum familiar"

El derecho a la memoria

Domingo, 8 de Noviembre de 2009

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Foto familiar: mi abuela Carmen, mi tío Rafael y sus padres en el domicilio familiar. Año 1942.

Vivimos en un país donde tener memoria es síntoma de rencor, y donde pasar página y enterrar el pasado es la actitud general que se ha venido propiciando desde todos los ámbitos: político, social y familiar. A pesar de todo hay quien se niega a olvidar por diferentes motivos: por lealtad a la verdad histórica, por lealtad a sus familiares represaliados, por lealtad a los valores universales de justicia y reparación… Muchas pueden ser las razones que nos llevan a muchos ( hijos y nietos de republicanos, historiadores, escritores, intelectuales) a empeñarnos en rescatar la historia de una ignominia que duró nada menos que cuatro décadas. Las voces amuralladas durante aquella etapa nunca fueron escuchadas como realmente se merecían. Para ellos no hubo mausoleos, ni calles, ni estatuas. Como garantía de lo que ellos creían un futuro en paz y libertad para sus nietos, decidieron callar y no pedir justicia.
Les arrebataron el último de sus derechos: el derecho a la memoria.
Es por eso que yo creo firmemente en la necesidad de reivindicar ese derecho. Y lo haré , aunque nadie me escuche, aunque mi voz sea sólo la ceniza, aunque me quede sola gritando en un desierto , entre dunas de sal y de silencio. No callaré, no abandonaré mientras su recuerdo, su legado, su utopía, formen parte de mí. Nada espero, porque ellos, al final, ya nada esperaban. Aquí dejo mi voz,mis palabras de humo y piedra, y mi profundo amor, que es lo que , en el fondo, alimenta la memoria y el recuerdo de los que ya no están.
Dibujando la memoria

Elegías

Viernes, 27 de Marzo de 2009

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El 8 de agosto de 1936, con el sol despuntando y un olor a pólvora y muerte inundándolo todo, Manuel de la Peña Maestre, sanitario militar retirado, era fusilado en Larache por negarse a secundar el alzamiento. Su hijo, mi abuelo Manuel, lo vio todo desde su celda de la prisión militar, mientras su condena a muerte era permutada por reclusión indefinida hasta nueva orden. “Con un Peña por hoy es suficiente”, habían dicho. Un mechón blanco acompañó desde ese día la fisonomía de aquel joven muchacho, enjuto, alegre y nervioso, que se había dado de bruces con la muerte, y ésta decidió pasar de largo…
De aquella terrible experiencia de ver morir a un padre fusilado, nació este poema, esta elegía, que ha formado y forma parte de mi patrimonio sentimental y de mi legado familiar:

Era un hombre de barbas patriarcales
y entereza de apóstol en el alma,
que llevaba al dolor de los humildes,
la caricia, hecha luz, de su mirada.

Y murió en hombre digno.
Sin lamentos, ni lágrimas.
Una mañana de leños infinitos,
en una tierra inhóspita y árida,
cayó su cuerpo acribillado
por el fuego cruel de la metralla.

” -Dile a madre que muero como un hombre.”
Y como un hombre murió, sin una lágrima.

Manuel de la Peña, Poemario a dos voces, ed. La Factoría de ediciones.

Muchos años después, mientras preparaba la edición de sus textos fui yo quien le dedique a él esta Elegía de invierno.

Hace unos días Miguel Ángel Yusta, admirado poeta y entrañable amigo, quiso dedicar a la memoria de mi abuelo este poema que él había escrito a su padre tras la emotiva vivencia de su pérdida.

Han pasado los días
y aquella primavera no regresa.
Tú contemplas ya el mundo desde el fondo
de tus muros abiertos hacia el cielo.

Han pasado los días
y se sosiega la desesperanza.
La luz proporcionada del ocaso
se prende de alfileres en las ruinas
de una ciudad sin límites.
Apenas ya resuenan tus pisadas
grises de niebla y de silencios largos.

Has dicho adiós y basta.

Y sin querer marcharte me posees
en una claridad de tu morada
que comparto cogido de tu mano
senil y encallecida.

Ahora camino solo
portador de los grises pensamientos
donde cuelgan las huellas de tu paso
silencioso y pesado.
Ya no escucho siquiera tus ausencias,
tampoco el martilleo denso y duro
de un corazón dormido eternamente
que latió por mis luces y mis sombras.

M. Ángel Yusta

Los versos van al viento sin esperar laureles. Son libres y fecundos, germinan en la tierra de quien quiera recogerlos y acogerlos. Poesía para todos, libre, deshabitada. Poesía del amor, y de la muerte…Poesía que ilumina las sombras de los muertos, los oscuros recodos, conjurando el dolor y la desmemoria, conjurando el olvido y el silencio.

Tejiendo historas: Tres hermanos

Lunes, 26 de Enero de 2009

Mi abuela me contó su historia muchas veces, mas no por repetida resultaba menos dolorosa. La historia triste y dramática de los Martín Gago era la misma que la de otros españoles. Pero ella no se la calló, y me la contó, para que yo supiera de dónde venía, cuáles eran mis orígenes, cuál era mi herencia y mi pasado. Los Martín, los Peña, como tantos otros.

-¡Carmen, niña! Estate quieta ya, que te vas a arrugar el vestido…¡Fernando! Avisa a tu hermano Rafael que tenemos prisa y seguro que se ha escondido en algún armario.
-Pero madre, si es que a mí no me gustan las fotos…
Hay que ver que niños más guapos tiene usted, señora. ¡Si es que da gusto fotografiarlos! Sí, sí. Si guapos son un rato, pero “joíos”… Eso lo pensaba, pero no lo decía, porque María Gago era una andaluza muy graciosa, con ese fino humor y ese acento saleroso que se gastan los de la tierra del sol , de los naranjos en flor y del cante profundo, pero también era una señora, guapa, con clase, inteligente. Con esa inteligencia intuitiva de las mujeres de su época, a las que no se las preparaba para pensar, sino para cuidar a su familia. Y, total, para qué quieren saber, si para eso ya están sus maridos… Ella formaba parte de aquella clase media madrileña que vivía holgadamente en aquellos días tranquilos y felices del año 17, una clase media complaciente, conservadora y monárquica (aunque su padre, Pedro Gago, era un masón como la copa de un pino que fue marino y trabajó muchos años en las aduanas de diferentes puertos: en Huelva, en Sevilla, en Málaga, en Canarias…) . Su marido, Atilano Martín, era un hombre más serio, taciturno, un salmantino hermético que no supo resistirse al duende y al encanto de aquella joven que le sonreía en todo su esplendor desde un ventanal de Isla Cristina. Ella dejó su mar para seguir al hombre que la amaba, pero pasó toda su vida mirando al sur. Siempre que podía viajaba, en aquellos interminables viajes que duraban días, para ver a su gente, y oler a sal y a hierbabuena y a sábanas tendidas al sol del mar.
Después de la guerra, cuando todo lo perdieron y su vida se limitaba a trabajar día y noche para sobrevivir, y a rezar a sus dioses para que nada malo les ocurriera a los que más amaba (desaparecidos, heridos, huídos y encarcelados) nunca más volvió a su tierra. Cuentan en la famila que cantaba seguidillas, coplas y fandangos en el balcón de su casa y cuantos por allí pasaban se paraban a escucharla… Tuvo una educación tradicional de corte liberal, y siempre simpatizó con las causas de los más humildes y sobre todo con la alfabetización y los derechos de las mujeres de todas las clases sociales, por los que luchaba también su hija, ahora ya una mujer.
Durante la guerra, en aquel Madrid de bombas y asedios,( y al contrario que su marido, que decidió no hablarlos en un principio), apoyó la labor de sus tres hijos a favor de la República: como teniente de estado mayor, el pequeño Rafita; como jefe de estación en Arganda el mayor, Fernando; y como miliciana de cultura y enfermera ocasional, su niña Carmen.
Al llegar la posguerra soportó con entereza el encarcelamiento de su marido ( por familiar de republicanos y desafecto al nuevo régimen en grado de consanguineidad), la desaparición de su hijo pequeño ( que consiguió escapar de Albatera y cayó muy enfermo), el encarcelamiento de su hijo mayor cuando intentaba reunirse con su esposa y su hijo en Cuenca, y el miedo continuo a que se llevaran a la única hija que le quedaba, la que había renunciado a escapar hacia Inglaterra y luego a México para no abandonarla a su suerte… (o a su desgracia). Soportó largas colas, se tragó su orgullo, empeñó sus preciados recuerdos, herencia de una vida mejor, y junto a otras muchas mujeres anónimas se dejó la piel para localizar a sus hombres, y conseguir recomponer su familia herida y desgarrada para siempre.
Poco antes de morir, en la casa que compartían mi padre, mi abuela y ella en Cuatro Caminos, contaban que se levantó de la cama donde llevaba postrada varios meses, se dirigió a la ventana de su cuarto para intentar abrirla, y ante la pregunta angustiada “¿qué hace madre?”, con un brillo de niña ilusionada en sus ojos, respondió: “pues abrirlas, para poder ver el mar…”