Archivo de la categoría "Lecturas que nos marcaron para siempre"

Descubrir la poesía

Lunes, 28 de Marzo de 2011

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Amo la poesía desde mucho antes de lo que me es posible recordar. Crecí con ella, era mi refugio y mi asidero. Entre los libros y los versos me sentía feliz y a salvo. Recuerdo que en 1981 mi padre me regaló Soledades, galerías y otros poemas. Aún sigue conmigo. Tenía doce años, y en la primera hoja todavía aparecen , con los trazos cuidados y redondos de adolescente oficiante de un rito, las palabras que le escribí al poeta, al que yo consideraba mi maestro y confidente.
“Mi querido Machado: (y el punto de la “i” es redondo, perfecto, y en él se encierra el mundo)Tal vez las simples palabras de una adolescente ( la “T” está algo inclinada, temerosa, distante del resto de las letras)no pueden acercarse a tus palabras, que como gotas de agua, amargas por la pena o la melancolía ( y la tilde recae sobre la “í” segura de sí misma) salen de tu alma de poeta.(Ahora un punto y aparte seguido de sangría, meticulosamente comprobada, como si D.Antonio fuera a pasar por ella sus ojos ya cerrados en Colliure…).
Te has convertido en mi fiel compañero en los momentos tristes( y la “s” es sinuosa, dibujada, en un trazo seguida de la “e” que la acompaña, abrazadas las dos)en que se busca un por qué y contesta otra pregunta (la “g” inunda en su trazo la palabra abarcando el espacio de la “e” que antecede, elegante, segura).
Gracias ( y el trazo titubea, pero luego se crece y recupera firme su entereza), por tener un alma tan hermosa, tan buena, y darla a conocer en tus poemas, que la han convertido en eterna ( no hay punto, ese punto y final tan necesario; en su lugar, la “a” rubrica su final en una curvatura innecesaria, pero llena de amor por la poesía). El libro está amarillo, dobladas por las puntas algunas hojas sueltas. Subrayado este verso en una hoja muy marcada“Hoy dista mucho de ayer, ayer es nunca jamás”, y luego nuevamente , a lápiz, por supuesto, encerrado entre llaves, “no te verán mis ojos/mi corazón te aguarda”.
Entonces no importaban nada más que los versos, el saber que llenaban mis huecos más profundos y le daban sentido a mis extraños miedos y a mi melancolía.
Han pasado los años, tantos, que me hasta me asusta pensar en esa niña que fui. La poesía era entonces mi terreno acotado, privado, personal, intransferible. Luego estudié poesía ( autores, movimientos, recursos, estilística, métrica, géneros, intertextualidad…), analicé poesía, diseccioné poesía, y hasta escribí poesía, en un osado intento de hacer mía la palabra, de apresar el enigma y darle forma.
Por fin he comprendido que es irrecuperable aquel idilio que mantuve un día, aquel extrañamiento delicioso, aquel descubrimiento inexplicable de palabras que fui haciendo mías, de versos que grababa en mi memoria. A la poesía le debo mucho de lo que soy, puede que incluso todo. Pero nada es igual ahora, ya no hay pureza, ni entrega desinteresada, ni embriaguez de un poema mil veces repetido. Ojalá todo fuera como antes, y no hubiera intereses creados, ni falsas palmaditas en la espalda, ni egos malheridos, ni envidias malsanas, ni oscuras susceptibilidades, ni promesas fallidas, ni ambición , ni fracasos…
Y Machado me mira, parece que sonríe, en aquella portada de un libro necesario que me salvó del mundo , hace ahora tantos años. Y parece decirme que la poesía es eso: encuentro con el otro, reconocimiento, entrega y emoción, simbiosis, conocimiento y descubrimiento. Yo lo sentí una vez, y no quiero perderlo.

Amparo Gastón, la gran olvidada…

Jueves, 17 de Marzo de 2011

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PRESAGIOS

«En la tarde cargada de terribles designios,
Inocente de todo, cruza la brisa nueva.
Los árboles confusos, silenciosos y negros
presienten y se callan como si fuese un sueño.

Cruza el aire una sombra de eternidad o de miedo.
Las fuentes ocultan la cabeza en sus brazos.
Cruzo deprisa el campo calladísimo y solo,
y los pájaros vuelan y escriben lo que ignoro.
Quiero huir como sea de este silencio helado,
de este Dios que me manda sin que yo lo comprenda,
envuelto en sus designios, cada vez más eterno,
ignorando mi vida, mi dolor y mi muerte».

AMPARO GASTON, A flor de labio

No es justo que la recordemos sólo por ser la viuda de Celaya, cuando en realidad Gabriel es un poeta cargado de Amparitxu. Pocos saben cuánto, cuánto influyó Amparitxu en aquel ingeniero que quiso ser poeta y , de su mano, descubrió otro mundo y se quedó allí, para siempre.

Oda a la crítica, de Pablo Neruda

Sábado, 12 de Febrero de 2011

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Yo escribí cinco versos: uno verde,
…otro era un pan redondo,
el tercero una casa levantándose,
el cuarto era un anillo,
el quinto verso era
corto como un relámpago
y al escribirlo
me dejó en la razón su quemadura.

Y bien, los hombres, las mujeres,
vinieron y tomaron
la sencilla materia,
brizna, viento, fulgor, barro, madera
y con tan poca cosa
construyeron
paredes, pisos, sueños,
En una línea de mi poesía
secaron ropa al viento.
Comieron mis palabras,
las guardaron
junto a la cabecera,
vivieron con un verso,
con la luz que salió de mi costado.

Entonces, llegó un crítico mudo
y otro lleno de lenguas,
y otros, otros llegaron
ciegos o llenos de ojos,
elegantes algunos
como claveles con zapatos rojos,
otros estrictamente
vestidos de cadáveres,
algunos partidarios
del rey y su elevada monarquía,
otros se habían
enredado en la frente
de Marx y pataleaban en su barba,
otros eran ingleses,
y entre todos se lanzaron
con dientes y cuchillos,
con diccionarios y
otras armas negras,
con citas respetables,
se lanzaron
a disputar mi pobre poesía
a las sencillas gentes
que la amaban:
y la hicieron embudos,
la enrollaron,
la sujetaron con cien alfileres,
la cubrieron con polvo de esqueleto,
la llenaron de tinta,
la escupieron con suave
benignidad de gatos,
la destinaron a envolver relojes,
la protegieron y la condenaron,
le arrimaron petróleo,
le dedicaron húmedos tratados,
la cocieron con leche,
le agregaron pequeñas piedrecitas,
fueron borrándole vocales,
fueron matándole
sílabas y suspiros,
la arrugaron e hicieron
un pequeño paquete
que destinaron cuidadosamente
a sus desvanes, a sus cementerios,
luego se retiraron uno a uno
enfurecidos hasta la locura.
Porque no fui bastante
popular para ellos
o impregnados de
dulce menosprecio
por mi ordinaria falta de tinieblas,
se retiraron todos y entonces,
otra vez, junto a mi poesía
volvieron a vivir
mujeres y hombres,
de hicieron fuego,
construyeron casas,
comieron pan,
se repartieron la luz
y en el amor unieron relámpago y anillo.
Y ahora, perdonadme, señores,
que interrumpa este cuento
que les estoy contando
y me vaya a vivir
para siempre
con la gente sencilla.

Pablo Neruda
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La autenticidad es lo que importa… escuchar la voz propia, la que nos diferencia, la que viene de dentro, la que nos reconforta y nos reconcilia con nosotros mismos. Por mucho que creamos no encajar, no tener éxito, no gustar, no estar de moda, no podemos, no debemos, traicionar nuestro propio estilo, esa perfecta conjunción entre lo que queremos expresar y la forma escogida para expresarlo. Siempre habrá quien nos critique, quien nos considere demasiado…o muy poco…o algo… pero no debemos dejar que eso nos afecte (aunque nos afecte, no debemos dejar que venza la duda, o el gusto personal de otro, por mucho que brille en el Parnaso). Siempre habrá quien juzgue, y quien pase de largo y quien desprecie. Pero también habrá alguien que reconozca nuestra voz en medio de otras voces, que disfrute, que paladee, que sienta, que asienta, que se identifique. Somos lo que somos, le pese a quien le pese , incluso aunque nos pese a nosotros mismos. No hay fama que merezca una renuncia tan amarga como la que supone renunciar a lo que consideramos nuestro. Nada hay en el boato, ni en las candilejas, ni las alfombras rojas, que merezca renunciar a los dos versos de Rubén Darío que resumen lo que, para mí, es en verdad la poesía: ” (…)y siento como un eco del corazón del mundo/ que penetra y conmueve mi propio corazón”.

Descubriendo a Manrique

Lunes, 6 de Septiembre de 2010

Ved qué congoxa la mía…

Ved qué congoxa la mía,
ved qué quexa desigual
que m’aquexa,
que me cresce cada día
un mal, teniendo otro mal
que no me dexa.
No me dexa ni me mata,
ni me libra ni me suelta
ni m’olvida,
mas de tal guisa me tracta
que la muerte anda revuelta
con mi vida.
Jorge Manrique

Jorge Manrique es uno de esos poetas que nos acompaña desde nuestra primera lectura escolar; ésa en la que, con cierta torpeza, intentábamos comprender aquello de que la vida se nos va como un río, y que todos fluimos irremediablemente hacia el mar de la Muerte. Mientras procurábamos asumir nuestra caducidad, cosa harto difícil cuando se tienen quince años, los versos de Manrique, sonoros, graves, contenidos, se nos colaban por las junturas del alma y se hacían un hueco, y se acomodaban para siempre en nuestra memoria (”Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar/ que es el morir…”).
El eco de aquellas coplas de pie quebrado, que aprendíamos por primera vez en un tiempo de juventud plena, en el que conjurábamos a la muerte con amores, canciones y saltos al vacío, se quedó allí alojado en el recuerdo y vuelve, sigue volviendo, cuando la muerte llama a nuestra puerta “tan callando”…
Pero el Manrique severo de la elegía no eclipsa al Manrique que maneja con maestría los temas y las formas de la lírica cancioneril. Y a pesar del formulismo inevitable, y de cierta impostura literaria que conlleva el cultivo de esta poesía, hay en él un sello de autenticidad, de verdad profunda que transciende el mero juego literario, la filigrana lingüística puesta al servicio del arte del buen trovar. Algo que nos emociona, nos inunda, produciéndose así la necesaria identificación con el poeta, mejor dicho, con el poema y con la voz poética que desde él nos habla y nos conmueve. Y no podemos sino detenernos un momento, y dejarnos llevar.
Y sentimos entonces esa misma congoja, esa queja desigual ese dolor de siempre, y de todos, y de nadie … Y la muerte y la vida, en eterno combate. En fin, nada más, nada menos, que poesía …


De libros y amigos

Viernes, 9 de Abril de 2010

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Mentiría si no dijera que me gusta leer las cosas que escriben mis amigos.Aunque valoro la calidad literaria y no me resisto a un buen texto, tengo que reconocer que me emociona especialmente leer las cosas que escriben aquellos a los que aprecio. Las leo con más atención, con el corazón; es así y no voy a negarlo.
Pero cuando un buen texto además es de alguien a quien te une un sentimiento de afecto, entonces la dicha es plena. Eso me ha pasado últimamente con varias lecturas que quiero recomendar aprovechando para agradecer a sus autores su buen hacer, su dedicación y la suerte de haberlos encontrado por la red.
En primer lugar Señales de vida, de Juan Antonio González Romano.Un libro con sabor a Sur (seguidillas, soleares, coplas…) y a la mejor tradición poética, la de los grandes maestros, sobre todo los Machado. Me ha gustado mucho y debo reconocer que me ha inspirado y emocionado en muchos momentos.
En segundo lugar acabo de paladear Ayer fue sombra de M. Angel Yusta. Un poemario imprescindible, un viaje al pasado en blanco y negro de la posguerra española, en clave de recuerdos y vivencias.Una mirada incisiva, demoledora y a la vez intensamente tierna y humana, la mirada del hombre que ahora es, al niño que un día fue.

Si no los apreciara tanto también habría disfrutado sus libros, pero, para que mentir, no hubiera sido lo mismo…

Poesía en el aula:un poema de Juan Ramón Jiménez.

Sábado, 16 de Enero de 2010

La primera vez que leí este poema, me conmovió profundamente esa soledad terrible que siente el ser humano, arrojado al mundo, buscando consuelo y respuestas en el deseo atávico y primigenio de formar parte de la unidad cósmica.
Ese ansia de unidad con la madre-noche, con la cosmogonía del cielo, las estrellas, el mundo que habitamos y observamos en su “breve infinidad definitiva” es el eje temático que vertebra el poema. Desde el Romanticismo , y muy especialmente en el Modernismo y en la literatura que recorre los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, el artista siente la soledad como un peso insoportable, una angustia existencial ontológica y primigenia que busca consuelo en las nuevas teosofías que surgen tras la crisis finisecular: panteísmo, pitagorismo, neoplatonismo, gnosticismo, intentan buscar respuestas fuera de las religiones jerárquicamente establecidas. La ciencia no parecía tener todas las respuestas, y las viejas y anquilosadas respuestas religiosas habían caído por su propio peso tras siglos de imposición y oscurantismo. El poeta se transfigura así en el vate y profeta de la humanidad, el que ve lo que otros no aciertan a vislumbrar, el que con su voz da voz a todos los mortales unidos por el cordón umbilical de un mismo destino, inexorable (”el cielo que nos cubre es el mismo en todas partes“, dice Juan Ramón en el segundo verso del poema)…
En la poesía española de la primera mitad del siglo XX fueron Juan Ramón Jiménez y Jorge Guillén los poetas que más insistentemmente buscaron una poesía de la unidad con el cosmos, con la naturaleza, para dar así un sentido a sus ansias metafísicas y a su vacío interior. Diario de un poeta recién casado, Dios deseado y deseante, Piedra y cielo de juan Ramón Jiménez y Cántico o Clamor de J.Guillén, son claros ejemplos de este deseo de unión panteísta y “sed de eternidad” en ese orden pitagórico y eterno (”enclavado a lo eterno, eternamente”, leemos en el verso cuarto) de la analogía universal.
Ama tu ritmo y rima tus acciones“. Con estas palabras se dirigía Rubén Darío a sus discípulos modernistas.Las palabras tiene alma, el poema es una proyección formal y humana de la perfección y la armonía del universo, del ritmo continuo de las esferas. El texto poético se convierte así en un pequeño enigma que el lector ( activo y sensitivo) debe averiguar. En tan sólo once versos se encierra el círculo perfecto del universo, y su armonía envuelve a todos bajo su cúpula perfecta. Así si recogemos el primer verso “Tan inmenso que es, ¡oh mar!, el cielo”, y lo unimos al último “bajo su breve infinidad definitiva” comprobamos que se nos revela el mensaje: el mundo es inmenso, definitivamente. El poeta ha cumplido su misión: Nocturno no es sólo una breve meditación personal, un juego intelectual de carácter solipsista e introspectivo, sino también, como apuntaba Valle Inclán , un diamante de luz que ilumina las oscuras cavernas de nuestra conciencia. ¿Estamos nosotros, lectores, dispuestos a asumir el reto?

Noche de reyes

Lunes, 4 de Enero de 2010

Hoy, víspera de la noche de reyes, quiero rescatar este texto que publiqué el año pasado. Y lo hago por varias razones: porque está inspirado en un poema de mi admirado Miguel Hernández, al que leí por primera vez en una edición prohibida que mi padre guardaba celosamente; porque es una historia basada en hechos reales, sometidos a la libertad creativa, que cuenta una verdad que nunca debió ocurrir pero ocurrió; y porque creo que recordar a los que nos precedieron no es demagogia: es amor, y reparación y merecido homenaje.

El 2 de Enero de 1937, Miguel Hernández publicó este poema en la revista Ayuda. Semanario de Solidaridad, num 36.

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

Son las primeras navidades de la guerra. Una joven miliciana vestida de enfermera sale del Hospital de sangre donde presta sus servicios, la noche de reyes del 37. Camina por su Madrid ahora desolado, entre carteles, proclamas y luces apagadas. Respira el aire de la calle, impregnado de pólvora, para intentar olvidar el olor a cloroformo y sangre seca que se ha pegado a su ropa y a su ánimo. Al llegar a su portal la saluda un miliciano que hace la ronda en su calle. Ricardito, el niño de la portera, está sentado en la escalera con rostro triste y churretes de haber llorado lo suyo… Ella le revuelve los cabellos con sus manos frías. ” ¿Qué te pasa criatura?” El niño balbucea entre hipos. “Nada, que dice mi padre que a Madrid no van a venir los Reyes porque es zona republicana…” Por Dios qué barbaridades dice don Anselmo. Sube las escaleras lentamente y al llegar al rellano de su puerta palpa, junto a las llaves, una chocolatina…Esa que esta mañana le dio aquel brigadista con la cara llena de pecas, (el irlandés lo llamaban), herido en una pierna. Vuelve sobre sus pasos. Ya no hay nadie. En el pequeño ventanuco de la portería se distinguen unos zapatos gastados. Junto a ellos deja la chocolatina. “Ya sólo faltaría que hasta los Reyes Magos se unieran también al movimiento…” Sonríe satisfecha. Ya en su lecho se arrebuja entre las sábanas y piensa, por un momento, que tal vez mañana los reyes de oriente hayan decidido regalarles la paz y la esperanza.

A mi abuela, que me legó recuerdos como éste, y a todas aquellas mujeres que, durante aquellos difíciles días, intentaron paliar el sufrimiento inútil de aquellos niños de la guerra que, entre bombas, consignas y canciones, ejercían su derecho a creer en la magia, y a ser absurdamente felices e inocentes…

Tarde de lluvia con César Vallejo (II)

Viernes, 2 de Octubre de 2009

Fue una tarde de lluvia del año 90. Decidí resguardarme del absurdo aguacero inesperado entre los cálidos estantes de una librería. Todavía quedaba algo de tiempo para que pasara de nuevo el autobús y decidí comprar uno de los libros que debíamos leer aquel último año.
Después de conseguir lo que andaba buscando, salí a la fría humedad de las aceras y me dispuse a esperar el autobús bajo una marquesina atestada de gente. Ante el previsible retraso y aprovechando la luz de la tarde que aún se resistía a abandonarnos, saqué mi libro nuevo dispuesta a disfrutar del olor inconfundible de las hojas en esa primera lectura. Siempre me ha gustado el olor, el tacto, la tibieza, de los libros recién comprados. Abrí la bolsa y leí: César Vallejo. Obra poética completa.Alianza tres . Era un libro verde que todavía me acompaña tras mis múltiples mudanzas, eso sí, con el lomo bastante deslucido… Leí el primer poema y nunca olvidaré el impacto emocional que me produjo:

LOS HERALDOS NEGROS

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o lo heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

La lluvia seguía cayendo, y yo allí con los heraldos negros, los mensajeros de la muerte, los golpes de la vida ( “tan fuertes…¡Yo no sé!”). Los autobuses pasaban y ninguno era el mío. Y yo allí, con ese Dios iracundo y silencioso, con ese hombre perdido con su dolor a cuestas, con mi dolor pugnando por hacerse algún hueco, con la culpa, la pena, los puntos suspensivos.
Una tarde de lluvia leí a César Vallejo. Tenía veintiún años y algún que otro sinsabor en mi maleta. Me empapé de su poesía existencial, desnuda, humana, que se iba volviendo tensa, abrupta, despojada, con un expresionismo que rozaba el absurdo (ese salto de la analogía a la ironía, que lleva del modernismo al vanguardismo) , y de allí un acercamiento al surrealismo para recuperar de nuevo el humanismo existencial , el compromiso social, y la utopía.
PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y,
jamas como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…

CÉSAR VALLEJO (Santiago de Chuco, 1892- París, 1938)

Y se murió en París, con aguacero, no sé si un jueves, no sé si llovería; sólo sé que yo le leí por primera vez en medio de la lluvia, y los que pudieron ver mis lágrimas se confundieron, y seguro pensaron que esa joven imprudente y distraída no se había resguardado lo suficiente de aquel aguacero otoñal… Y tendrían razón, porque todavía, a estas alturas de mi vida, no he aprendido a resguardarme ni del dolor, ni de la lluvia.
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He querido rescatar este texto para invitaros a que me contéis vuestra experiencia como lectores y la intrahistoria de alguno de esos libros que os marcó para siempre.Animaos, será para mí todo un placer. Espero vuestras palabras, espero la lluvia, espero…

Marcos Ana

Miércoles, 3 de Junio de 2009

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Autobiografía
Mi pecado es terrible;
quise llenar de estrellas
el corazón del hombre.
Por eso aquí entre rejas,
en diecinueve inviernos
perdí mis primaveras.
Preso desde mi infancia
y a muerte mi condena,
mis ojos van secando
su luz contra las piedras.
Mas no hay sombra de arcángel
vengador en mis venas:
España es sólo el grito
de mi dolor que sueña.

Marcos Ana

Marcos Ana es un claro ejemplo de poeta autodidacta, y de superación humana en medio del dolor y la barbarie. A través de la poesía se salvó de la locura y la oscuridad de una vida y una voz amuralladas. Tras las rejas de las cárceles de Franco, hombres como mi abuelo o Marcos Ana, se aferraban a la palabra poética como fórmula de supervivencia y comunicación. No eran poetas consagrados ni intelectuales de prestigio, sólo víctimas de una represión cruel, programada por un estado totalitario, que orquestó una venganza contra todos aquellos que no levantaron el brazo de la victoria al paso de los nuevos generales. Eran hombres que amaban la poesía y la cultura, que creían en la fuerza de los versos, y habían depositado toda su esperanza en los árboles futuros, que crecerían fuera de las rejas y disfrutarían de la libertad robada.
La Universidad de Granada quiere proponerle como premio Príncipe de Asturias para que, por fin, la democracia española dé el paso que aún le falta, y reconozca y dignifique el sufrimiento de aquellos que, por mantenerse fieles a sus ideas, sufrieron primero la injusticia, y luego el olvido

Manuel Scorza en las galerías de mi memoria.

Jueves, 19 de Febrero de 2009

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Segundo curso de Literatura Hispanoamericana. Era el último año de la carrera. Acababa de leer a Ciro Alegría y reeleía a César Vallejo, cuando cayó en mis manos un artículo de Scorza sobre la novela mal llamada “indigenista”. Aquella profesora cuyo nombre ni recuerdo, aunque sí recuerdo que me producía una extraña antipatía, mandaba libros que tenían títulos sonoros y sugerentes. La cosa es que yo andaba bastante perdida ( en muchos aspectos) y no hacía sino leer libros que ella no había mandado pero que me fascinaban. Carpentier, Benedetti, Girondo, El amor en los tiempos del cólera, y un libro de poemas de Manuel Scorza me acompañaban junto a Ángel González y a mi siempreamado Lorca. Aún tengo el viejo cuaderno marrón de espiral y hojas a cuadros en el que escribía todo lo que sentía, mis impresiones literarias, y en el que conjuraba mis angustias vitales. Con fecha de febrero del 91 aparece esto:

VIENTO DEL OLVIDO.

Como a todas las muchachas del mundo, también a ella, tejiéronla en sus sueños, los hombres que la amaban.

Y yo la amaba.

Pudo ser para otros un rostro que el viento del olvido borra a cada instante. Pudo ser, pero yo la amaba.

Yo veía las cosas más sencillas volverse misteriosas cuando ella las tocaba.

Porque las estrellas de la noche ¡ella con sus manos las sembraba!

Los días de esmeralda, los pájaros tranquilos, los rocíos azules, ¡Ella los Creaba! Yo me emocionaba con sólo verla pisar la hierba

¡Ah si tus ojos me miraran todavía!

Esta noche no tendría tanta noche. Esta noche caería sin mojarme

Por que la lluvia no empapa a los que se pierden en el bosque de sus sueños relucientes, y sus días no terminan y son sus noches transparentes.

¿Dónde estás ahora? ¿En qué ciudad, en qué penumbra en cuál bosque te desconocen las luciérnagas?

Tal vez mientras escribo, estas en un suburbio, sola, inerme, abandonada…

¡Abandonada, no!

En tu ausencia mi corazón todas las tardes muere.
Manuel Scorza.

” En fin… literatura. Y nosotros preocupándonos del tiempo. Leyendo contrareloj. Engullendo crítica estúpida, vomitando conocimientos estériles en exámenes absurdos. Las letras, las grafías, el léxico, la morfosintaxis… ¿Por qué no sentimiento, amor, libertad, deseo, pérdida, encuentro, lujuria, desesperación? Leyendo este poema me he acordado del primer año y … me ha envuelto una tristeza fría, una sensación de pérdida, un vacío infinito. ¿Cuándo perdí el camino?¿Dónde estarán aquellos que me amaron?(…)”

(…)

He seleccionado este fragmento y el poema de Scorza que copié. De nuevo se han unido recuerdos aparentemente inconexos que han ido formando parte de lo que ahora soy. Los hilos invisibles de las palabras tejen y tejen.

¡Sólo por ti resplandece
mi corazón extraviado!
¡Sólo para que me veas,
ilumino mi rostro oscurecido!
¡Sólo para que en algún lugar me mires
enciendo, con mis sueños, esta hoguera!

¡El Mudo,
El Amargo,
El Que Se Quedaba Silencioso,
te habla ahora a borbotones,
te grita cataratas, inmensidades!

Algún día amarás,
alguna vez
en las lianas de la ternura enredada
comprenderás que cuando el dolor nos llega
es imposible hablar;
cuando la vida pesa, las manos pesan:
es imposible escribir.

( Los adioses. M. Scorza)

Este es uno de esos poemas que me acompañan siempre… La poesía siempre me salva de los abismos, me consuela, me aplaca, me hace sentirme menos sola. Dejo que abrigue mi corazón helado y la invito a quedarse; y no le pido nada a cambio, nada excepto su necesaria presencia.