Mentiría si no dijera que me gusta leer las cosas que escriben mis amigos.Aunque valoro la calidad literaria y no me resisto a un buen texto, tengo que reconocer que me emociona especialmente leer las cosas que escriben aquellos a los que aprecio. Las leo con más atención, con el corazón; es así y no voy a negarlo.
Pero cuando un buen texto además es de alguien a quien te une un sentimiento de afecto, entonces la dicha es plena. Eso me ha pasado últimamente con varias lecturas que quiero recomendar aprovechando para agradecer a sus autores su buen hacer, su dedicación y la suerte de haberlos encontrado por la red.
En primer lugar Señales de vida, de Juan Antonio González Romano.Un libro con sabor a Sur (seguidillas, soleares, coplas…) y a la mejor tradición poética, la de los grandes maestros, sobre todo los Machado. Me ha gustado mucho y debo reconocer que me ha inspirado y emocionado en muchos momentos.
En segundo lugar acabo de paladear Ayer fue sombra de M. Angel Yusta. Un poemario imprescindible, un viaje al pasado en blanco y negro de la posguerra española, en clave de recuerdos y vivencias.Una mirada incisiva, demoledora y a la vez intensamente tierna y humana, la mirada del hombre que ahora es, al niño que un día fue.
Si no los apreciara tanto también habría disfrutado sus libros, pero, para que mentir, no hubiera sido lo mismo…
La primera vez que leí este poema, me conmovió profundamente esa soledad terrible que siente el ser humano, arrojado al mundo, buscando consuelo y respuestas en el deseo atávico y primigenio de formar parte de la unidad cósmica.
Ese ansia de unidad con la madre-noche, con la cosmogonía del cielo, las estrellas, el mundo que habitamos y observamos en su “breve infinidad definitiva” es el eje temático que vertebra el poema. Desde el Romanticismo , y muy especialmente en el Modernismo y en la literatura que recorre los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, el artista siente la soledad como un peso insoportable, una angustia existencial ontológica y primigenia que busca consuelo en las nuevas teosofías que surgen tras la crisis finisecular: panteísmo, pitagorismo, neoplatonismo, gnosticismo, intentan buscar respuestas fuera de las religiones jerárquicamente establecidas. La ciencia no parecía tener todas las respuestas, y las viejas y anquilosadas respuestas religiosas habían caído por su propio peso tras siglos de imposición y oscurantismo. El poeta se transfigura así en el vate y profeta de la humanidad, el que ve lo que otros no aciertan a vislumbrar, el que con su voz da voz a todos los mortales unidos por el cordón umbilical de un mismo destino, inexorable (”el cielo que nos cubre es el mismo en todas partes“, dice Juan Ramón en el segundo verso del poema)…
En la poesía española de la primera mitad del siglo XX fueron Juan Ramón Jiménez y Jorge Guillén los poetas que más insistentemmente buscaron una poesía de la unidad con el cosmos, con la naturaleza, para dar así un sentido a sus ansias metafísicas y a su vacío interior. Diario de un poeta recién casado, Dios deseado y deseante, Piedra y cielo de juan Ramón Jiménez y Cántico o Clamor de J.Guillén, son claros ejemplos de este deseo de unión panteísta y “sed de eternidad” en ese orden pitagórico y eterno (”enclavado a lo eterno, eternamente”, leemos en el verso cuarto) de la analogía universal.
“Ama tu ritmo y rima tus acciones“. Con estas palabras se dirigía Rubén Darío a sus discípulos modernistas.Las palabras tiene alma, el poema es una proyección formal y humana de la perfección y la armonía del universo, del ritmo continuo de las esferas. El texto poético se convierte así en un pequeño enigma que el lector ( activo y sensitivo) debe averiguar. En tan sólo once versos se encierra el círculo perfecto del universo, y su armonía envuelve a todos bajo su cúpula perfecta. Así si recogemos el primer verso “Tan inmenso que es, ¡oh mar!, el cielo”, y lo unimos al último “bajo su breve infinidad definitiva” comprobamos que se nos revela el mensaje: el mundo es inmenso, definitivamente. El poeta ha cumplido su misión: Nocturno no es sólo una breve meditación personal, un juego intelectual de carácter solipsista e introspectivo, sino también, como apuntaba Valle Inclán , un diamante de luz que ilumina las oscuras cavernas de nuestra conciencia. ¿Estamos nosotros, lectores, dispuestos a asumir el reto?
Hoy, víspera de la noche de reyes, quiero rescatar este texto que publiqué el año pasado. Y lo hago por varias razones: porque está inspirado en un poema de mi admirado Miguel Hernández, al que leí por primera vez en una edición prohibida que mi padre guardaba celosamente; porque es una historia basada en hechos reales, sometidos a la libertad creativa, que cuenta una verdad que nunca debió ocurrir pero ocurrió; y porque creo que recordar a los que nos precedieron no es demagogia: es amor, y reparación y merecido homenaje.
El 2 de Enero de 1937, Miguel Hernández publicó este poema en la revista Ayuda. Semanario de Solidaridad, num 36.
Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.
Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.
Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.
Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.
Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.
Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.
Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.
Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.
Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.
Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.
Son las primeras navidades de la guerra. Una joven miliciana vestida de enfermera sale del Hospital de sangre donde presta sus servicios, la noche de reyes del 37. Camina por su Madrid ahora desolado, entre carteles, proclamas y luces apagadas. Respira el aire de la calle, impregnado de pólvora, para intentar olvidar el olor a cloroformo y sangre seca que se ha pegado a su ropa y a su ánimo. Al llegar a su portal la saluda un miliciano que hace la ronda en su calle. Ricardito, el niño de la portera, está sentado en la escalera con rostro triste y churretes de haber llorado lo suyo… Ella le revuelve los cabellos con sus manos frías. ” ¿Qué te pasa criatura?” El niño balbucea entre hipos. “Nada, que dice mi padre que a Madrid no van a venir los Reyes porque es zona republicana…” Por Dios qué barbaridades dice don Anselmo. Sube las escaleras lentamente y al llegar al rellano de su puerta palpa, junto a las llaves, una chocolatina…Esa que esta mañana le dio aquel brigadista con la cara llena de pecas, (el irlandés lo llamaban), herido en una pierna. Vuelve sobre sus pasos. Ya no hay nadie. En el pequeño ventanuco de la portería se distinguen unos zapatos gastados. Junto a ellos deja la chocolatina. “Ya sólo faltaría que hasta los Reyes Magos se unieran también al movimiento…” Sonríe satisfecha. Ya en su lecho se arrebuja entre las sábanas y piensa, por un momento, que tal vez mañana los reyes de oriente hayan decidido regalarles la paz y la esperanza.
A mi abuela, que me legó recuerdos como éste, y a todas aquellas mujeres que, durante aquellos difíciles días, intentaron paliar el sufrimiento inútil de aquellos niños de la guerra que, entre bombas, consignas y canciones, ejercían su derecho a creer en la magia, y a ser absurdamente felices e inocentes…
Fue una tarde de lluvia del año 90. Decidí resguardarme del absurdo aguacero inesperado entre los cálidos estantes de una librería. Todavía quedaba algo de tiempo para que pasara de nuevo el autobús y decidí comprar uno de los libros que debíamos leer aquel último año.
Después de conseguir lo que andaba buscando, salí a la fría humedad de las aceras y me dispuse a esperar el autobús bajo una marquesina atestada de gente. Ante el previsible retraso y aprovechando la luz de la tarde que aún se resistía a abandonarnos, saqué mi libro nuevo dispuesta a disfrutar del olor inconfundible de las hojas en esa primera lectura. Siempre me ha gustado el olor, el tacto, la tibieza, de los libros recién comprados. Abrí la bolsa y leí: César Vallejo. Obra poética completa.Alianza tres . Era un libro verde que todavía me acompaña tras mis múltiples mudanzas, eso sí, con el lomo bastante deslucido… Leí el primer poema y nunca olvidaré el impacto emocional que me produjo:
LOS HERALDOS NEGROS
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o lo heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
La lluvia seguía cayendo, y yo allí con los heraldos negros, los mensajeros de la muerte, los golpes de la vida ( “tan fuertes…¡Yo no sé!”). Los autobuses pasaban y ninguno era el mío. Y yo allí, con ese Dios iracundo y silencioso, con ese hombre perdido con su dolor a cuestas, con mi dolor pugnando por hacerse algún hueco, con la culpa, la pena, los puntos suspensivos.
Una tarde de lluvia leí a César Vallejo. Tenía veintiún años y algún que otro sinsabor en mi maleta. Me empapé de su poesía existencial, desnuda, humana, que se iba volviendo tensa, abrupta, despojada, con un expresionismo que rozaba el absurdo (ese salto de la analogía a la ironía, que lleva del modernismo al vanguardismo) , y de allí un acercamiento al surrealismo para recuperar de nuevo el humanismo existencial , el compromiso social, y la utopía. PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y,
jamas como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…
CÉSAR VALLEJO (Santiago de Chuco, 1892- París, 1938)
Y se murió en París, con aguacero, no sé si un jueves, no sé si llovería; sólo sé que yo le leí por primera vez en medio de la lluvia, y los que pudieron ver mis lágrimas se confundieron, y seguro pensaron que esa joven imprudente y distraída no se había resguardado lo suficiente de aquel aguacero otoñal… Y tendrían razón, porque todavía, a estas alturas de mi vida, no he aprendido a resguardarme ni del dolor, ni de la lluvia.
———-
He querido rescatar este texto para invitaros a que me contéis vuestra experiencia como lectores y la intrahistoria de alguno de esos libros que os marcó para siempre.Animaos, será para mí todo un placer. Espero vuestras palabras, espero la lluvia, espero…
Autobiografía Mi pecado es terrible;
quise llenar de estrellas
el corazón del hombre.
Por eso aquí entre rejas,
en diecinueve inviernos
perdí mis primaveras.
Preso desde mi infancia
y a muerte mi condena,
mis ojos van secando
su luz contra las piedras.
Mas no hay sombra de arcángel
vengador en mis venas:
España es sólo el grito
de mi dolor que sueña. Marcos Ana
Marcos Ana es un claro ejemplo de poeta autodidacta, y de superación humana en medio del dolor y la barbarie. A través de la poesía se salvó de la locura y la oscuridad de una vida y una voz amuralladas. Tras las rejas de las cárceles de Franco, hombres como mi abuelo o Marcos Ana, se aferraban a la palabra poética como fórmula de supervivencia y comunicación. No eran poetas consagrados ni intelectuales de prestigio, sólo víctimas de una represión cruel, programada por un estado totalitario, que orquestó una venganza contra todos aquellos que no levantaron el brazo de la victoria al paso de los nuevos generales. Eran hombres que amaban la poesía y la cultura, que creían en la fuerza de los versos, y habían depositado toda su esperanza en los árboles futuros, que crecerían fuera de las rejas y disfrutarían de la libertad robada.
La Universidad de Granada quiere proponerle como premio Príncipe de Asturias para que, por fin, la democracia española dé el paso que aún le falta, y reconozca y dignifique el sufrimiento de aquellos que, por mantenerse fieles a sus ideas, sufrieron primero la injusticia, y luego el olvido…
Segundo curso de Literatura Hispanoamericana. Era el último año de la carrera. Acababa de leer a Ciro Alegría y reeleía a César Vallejo, cuando cayó en mis manos un artículo de Scorza sobre la novela mal llamada “indigenista”. Aquella profesora cuyo nombre ni recuerdo, aunque sí recuerdo que me producía una extraña antipatía, mandaba libros que tenían títulos sonoros y sugerentes. La cosa es que yo andaba bastante perdida ( en muchos aspectos) y no hacía sino leer libros que ella no había mandado pero que me fascinaban. Carpentier, Benedetti, Girondo, El amor en los tiempos del cólera, y un libro de poemas de Manuel Scorza me acompañaban junto a Ángel González y a mi siempreamado Lorca. Aún tengo el viejo cuaderno marrón de espiral y hojas a cuadros en el que escribía todo lo que sentía, mis impresiones literarias, y en el que conjuraba mis angustias vitales. Con fecha de febrero del 91 aparece esto:
VIENTO DEL OLVIDO.
Como a todas las muchachas del mundo, también a ella, tejiéronla en sus sueños, los hombres que la amaban.
Y yo la amaba.
Pudo ser para otros un rostro que el viento del olvido borra a cada instante. Pudo ser, pero yo la amaba.
Yo veía las cosas más sencillas volverse misteriosas cuando ella las tocaba.
Porque las estrellas de la noche ¡ella con sus manos las sembraba!
Los días de esmeralda, los pájaros tranquilos, los rocíos azules, ¡Ella los Creaba! Yo me emocionaba con sólo verla pisar la hierba
¡Ah si tus ojos me miraran todavía!
Esta noche no tendría tanta noche. Esta noche caería sin mojarme
Por que la lluvia no empapa a los que se pierden en el bosque de sus sueños relucientes, y sus días no terminan y son sus noches transparentes.
¿Dónde estás ahora? ¿En qué ciudad, en qué penumbra en cuál bosque te desconocen las luciérnagas?
Tal vez mientras escribo, estas en un suburbio, sola, inerme, abandonada…
¡Abandonada, no!
En tu ausencia mi corazón todas las tardes muere. Manuel Scorza.
” En fin… literatura. Y nosotros preocupándonos del tiempo. Leyendo contrareloj. Engullendo crítica estúpida, vomitando conocimientos estériles en exámenes absurdos. Las letras, las grafías, el léxico, la morfosintaxis… ¿Por qué no sentimiento, amor, libertad, deseo, pérdida, encuentro, lujuria, desesperación? Leyendo este poema me he acordado del primer año y … me ha envuelto una tristeza fría, una sensación de pérdida, un vacío infinito. ¿Cuándo perdí el camino?¿Dónde estarán aquellos que me amaron?(…)”
(…)
He seleccionado este fragmento y el poema de Scorza que copié. De nuevo se han unido recuerdos aparentemente inconexos que han ido formando parte de lo que ahora soy. Los hilos invisibles de las palabras tejen y tejen.
¡Sólo por ti resplandece
mi corazón extraviado!
¡Sólo para que me veas,
ilumino mi rostro oscurecido!
¡Sólo para que en algún lugar me mires
enciendo, con mis sueños, esta hoguera!
¡El Mudo,
El Amargo,
El Que Se Quedaba Silencioso,
te habla ahora a borbotones,
te grita cataratas, inmensidades!
Algún día amarás,
alguna vez
en las lianas de la ternura enredada
comprenderás que cuando el dolor nos llega
es imposible hablar;
cuando la vida pesa, las manos pesan:
es imposible escribir.
( Los adioses. M. Scorza)
Este es uno de esos poemas que me acompañan siempre… La poesía siempre me salva de los abismos, me consuela, me aplaca, me hace sentirme menos sola. Dejo que abrigue mi corazón helado y la invito a quedarse; y no le pido nada a cambio, nada excepto su necesaria presencia.
Ni mármol duro y eterno,
ni música ni pintura,
sino palabra en el tiempo.”
Antonio Machado
Machado es, sin duda, el primero de los grandes poetas que marcó mi educación sentimental y literaria. Con él descubrí la palabra poética y me empapé de emociones sencillas y profundas, que no hicieron sino enraizarse cada vez más en mi interior.
Mis primeras lecciones de filosofía vinieron de la mano de sus Proverbios y cantares, pensamientos condesados en versos breves y sentenciosos que invitan a la reflexión sobre los grandes temas que preocupan desde siempre al ser humano: la VIDA, la MUERTE, el TIEMPO y el AMOR.
Hacer una selección de sus poemas es casi imposible. Todos resultan insustituibles y necesarios para comprender su evolución poética y su concepto de la poesía como “honda palpitación del espíritu”, como ”palabra en el tiempo”. No podría decantarme por un poema de Machado, porque cada uno guarda un hermoso tesoro de palabras, un latido que espera ser sentido, una voz auténtica que espera ser escuchada, un secreto profundo que espera ser revelado, un sentimiento íntimo que espera ser reconocido. Sigamos leyendo a este poeta sincero, directo y necesario, que a través de su palabra nos engrandece, nos enriquece y nos vuelve más humanos.
Pedro Garfias llegó a México desde Inglaterra a bordo del “Sinaia”. Casi dos mil españoles embarcan rumbo al exilio, dejando todo atrás. En su largo viaje el poeta escribe estos versos:
Qué hilo tan fino, qué delgado junco
-de acero fiel- nos une y nos separa
con España presente en el recuerdo,
con México presente en la esperanza.
Repite el mar sus cóncavos azules,
repite el cielo sus tranquilas aguas
y entre el cielo y el mar ensayan vuelos
de análoga ambición, nuestras miradas.
España que perdimos, no nos pierdas;
guárdanos en tu frente derrumbada,
conserva a tu costado el hueco vivo
de nuestra ausencia amarga
que un día volveremos, más veloces,
sobre la densa y poderosa espalda
de este mar, con los brazos ondeantes
y el latido del mar en la garganta.(…)
En el mismo barco viaja también Juan Rejano, con el dolor por equipaje y un puñado de versos:
Nube, viento, será para el olvido…
Esta sangre no cabe ya en el mundo
ya no cabe en prisiones ni en olvidos,
ni en las falsas efigies vacilantes.
Ambos murieron en México (” Si muero en tierras extrañas/ lejos de donde nací / ¿Quién tendrá piedad de mí? “).
Poetas del exilio, del éxodo y el llanto, ni de aquí ni de allí, siempre entre la nostalgia y la derrota. ¿Rescataremos alguna vez todos vuestros nombres del olvido y recuperaremos así nuestra memoria literaria?
¿Por dónde voy? Cruzo un bosque
espeso, sucio, sombrío.
Sospecho que este tren siempre
no irá por el mismo sitio;
noches, lunas, días, soles,
días, noches, pobres, ricos…
Encuentro incómodo el tren,
pero este tren es el mío.
Miro hacia fuera: los montes
lejanos, el cielo limpio.
Detrás de aquellas montañas,
las preguntas de mis hijos.
No sé qué decirles, yo
que tanto he hablado conmigo,
razonando las verdades,
que el tiempo cambió de sitio.
Aquí está mi corazón
y allí la injusticia. Digo
que soy de un tiempo y quisiera
llegar con tiempo preciso,
detrás de aquellas montañas
que son de un tiempo distinto.
No estaré sólo, lo sé,
cuando llegue a mi destino.
Rafael Montesinos
(De La verdad y otras dudas, 1959-1967)
Me gusta la poesía de Rafael Montesinos. De él dijo Jose Luis Cano: “poeta que está en la mejor línea interior, contenida, de la poesía andaluza, línea que arranca de Bécquer, y sigue con Antonio Machado, con Juan Ramón, con Cernuda.” Esto coloca a Montesinos en un lugar distintivo y único dentro de la poesía española del siglo XX. Hay en su poesía un intimismo que revela la nostalgia de la infancia perdida, y la ciudad de Sevilla, abandonada cuando era muy joven muy a su pesar, adquiere una dimensión de paraíso perdido, de lejana alameda reconquistada por la poesía, una y otra vez.
Siempre que leo este poema me recuerda a otro de mi abuelo que me gusta especialmente, muy anterior, escrito entre cárceles y penas allá por los años 40, la década de la desesperanza…
ESPERANZA.
Iba lento el peregrino
Con tranquilo caminar;
el polvoriento camino
largo y blanco se perdía.
Iría a dar a la mar
pero el mar no se veía.
Parándose a descansar
el peregrino rezaba:
¡Señor, me canso de andar
y esta senda no se acaba!
Pero seguía,seguía,
siempre camino del mar,
aunque el mar no se veía.
“Con el alma a tientas” Poemario a dos voces. Manuel de la Peña Piñeiro y M.Luisa de la Peña Fernández. ed. La Factoría de ediciones.
La literatura teje extrañas asociaciones en nuestra memoria, así que quería compartir con los que aquí llegan esta analogía, esta relación sentimental y literaria que es sólo mía y no responde a una ardúa tarea filológica de literatura comparada, sino tan sólo a mi propia experiencia lectora.
Para leer más sobre Rafael Montesinos os recomiendo esta entrada de Luis Spencer, donde se hace un acercamiento a su figura en clave de anécdota personal.
Y si queréis leer algo más sobre Manuel de la Peña podéis hacerlo en Nanas del hijo ausente. o en La memoria y la canción
Para Marta Navarro, por su libro Ocho islas y un invierno.Porque ella sí sabe que nos queda la palabra, por su compromiso con el mundo y por sus ojos siempre abiertos al dolor ajeno.
Esos poetas infernales,
Dante, Blake, Rimbaud…
Que hablen más bajo…
¡Que se callen!
Hoy
cualquier habitante de la tierra
sabe mucho más del infierno
que esos tres poetas juntos.
Ya sé que Dante toca muy bien el violín…
¡Oh, el gran virtuoso!…
Pero que no pretenda ahora
con sus tercetos maravillosos
y sus endecasílabos perfectos
asustar a ese niño judío
que está ahí, desgajado de sus padres…
Y solo.
¡Solo!
Aguardando su turno
en los hornos crematorios de Auschwitz.
Dante… tú bajaste a los infiernos
con Virgilio de la mano
(Virgilio, “gran cicerone”)
y aquello vuestro de la Divina Comedia
fue un aventura divertida
de música y turismo.
Esto es otra cosa… otra cosa…
¿Cómo te explicaré?
¡Si no tienes imaginación!
Tú… no tienes imaginación,
acuérdate que en tu “Infierno”
no hay un niño siquiera…
Y ese que ves ahí…
Está solo
¡Solo! Sin cicerone…
Esperando que se abran las puertas del infierno
que tú ¡pobre florentino!
No pudiste siquiera imaginar.
Esto es otra cosa… ¿cómo te diré?
¡Mira! Este lugar donde no se puede tocar el violín.
Aquí se rompen las cuerdas de todos
los violines del mundo.
¿Me habéis entendido, poetas infernales?
Virgilio, Dante, Blake, Rimbaud…
¡Hablad más bajo!
¡Tocad más bajo!…¡Chist!…
¡¡Callaos!!
Yo también soy un gran violinista…
Y he tocado en el infierno muchas veces…
Pero ahora aquí…
Rompo mi violín… y me callo. León Felipe, ¡Oh este viejo y roto violín!
A veces, ante el dolor, sobran las palabras… O tal vez falten las que son más precisas, las que no se dicen, las que todos callan : por miedo, por vergüenza, por ignorancia, por desidia.
¿Dónde están entonces los poetas? ¿Dónde se meten los estetas del lenguaje, los virtuosos de la palabra ? ¿Es que a caso no se atreven o no son capaces de pronunciar y de acuñar entre sus bellos versos palabras como asco, náusea, infamia, injusticia, verdugos, asesinos, sangre, horror, horror a manos llenas? ¿Con qué riman los ojos sin luz de los niños escuálidos? Las ciudades bombardeadas, los jirones de hombres masacrados, ¿con qué riman? ¿Con qué riman los desaparecidos,? Y los niños robados, y los presos sin nombre, ¿con qué riman? ¿Con qué hermosas metáforas, con qué imágenes oníricas, mencionar a los muertos, a los ajusticiados, a los parias de la tierra?
Cuando los hombres sufren, cuando los niños gritan, cuando no quedan lágrimas en las cuencas vacías de los muertos. Cuando el dolor del mundo desborda las acequias, los ríos, las entrañas profundas de la tierra, entonces, entonces ¿qué hacen los poetas? “Da miedo ser poeta; da miedo ser un hombre
consciente del lamento que exhala cuanto existe
Da miedo decir alto lo que el mundo silencia.(…)”
Los versos de Celaya retumban en el profundo y oscuro abismo de las conciencias dormidas. ¿Es que no oís, poetas? ¿Escucháis al poeta prometeico allí, en las alturas inexpugnables de vuestras atalayas, de vuestras altas torres? “Pensadlo: ser poeta no es decirse a sí mismo.
Es asumir la pena de todo lo existente”
¿Qué me decís poetas? ¿Qué sólo la belleza merece ser cantada? ¿O es que no hay más penas que las propias, dignas de vuestros versos de cristal y de mármol? ¿No hay ceniza, no hay barro?
Hoy el viento ha traído una voz que me llama y me pide que cargue “con el peso mortal de lo no dicho”. Represión
Cárceles, rejas ,cadenas,
muros, tapias, cementerios.
Niños escuálidos, tristes.
Hambre, miseria y silencio…
Marisa de la Peña (La memora herida)
Y ahora, poetas, contestad…Estamos esperando vuestros versos.
Con la noche a cuestas
Lara y yo pensamos
en los oscuros días
que gastarán los calendarios.
Repletos de leyes taradas
y de sociedades puras
que muestran sin pudor
sus vómitos con pedigrí.
Una vez más Oriente
con su alambre fiel
sigue mordiéndonos las pupilas.
Marta Navarro . Ocho islas y un invierno.