Recuerdo muy gratamente mi primera lectura de Juan de Mairena. Aquel COU del 85 Machado dejó de ser mi poeta para ser una referencia ideológica y filosófica, un maestro de honestidad, humildad, generosidad y bonhomía.
Mi abuela lo había leído en Hora de España en los lejanos años de la guerra civil, y poder leerlo ahora en un libro que su nieta llevaba , subrayaba y comentaba le producía una enorme y nada secreta satisfacción. Aquel librepensador, enemigo del snobismo, profundamente indulgente con las debilidades humanas y no exento de humor, conquistó totalmente mi juvenil espíritu con frases como ” la poesía es el diálogo del hombre, de un hombre, con su tiempo”o “por mucho que valga un hombre nunca tendrá el valor más alto que el de ser hombre”.
Me parecía estar escuchándole en el íntimo acto de la lectura. Lo veía allí, en los balcones donde celebró el advenimiento de la República, y en sus clases de instituto, y en las tertulias, y en las tristes caravanas de tristeza de las que formó parte camino del exilio y de la muerte ( “Murió el poeta lejos del hogar/ le cubré el polvo de un país vecino…”).
Machado amó profundamente a su patria, pero no con un patrioterismo burdo y barato de gritos adocenados y golpes de pecho, ni con los ojos cerrados a sus grandes miserias, ni con la pistola preparada para disparar a cualquiera que no la vitoreara.
Machado, como otros muchos, soñó para el futuro una España más justa, más culta, más abierta, más crítica, preparada para afrontar los retos del siglo XX.
“Los que os hablan de España como de una razón social que es preciso a toda costa acreditar y defender en el mercado mundial, esos para quienes el reclamo, el jaleo y la ocultación de vicios son deberes patrióticos, podrán merecer, yo lo concedo, el título de buenos patriotas; de ningún modo el de buenos españoles.”
” Cuando penséis en España, no olvidéis ni su historia ni su tradición; pero no creáis que la esencia española os la puede revelar el pasado. Esto es lo que suelen ignorar los historiadores.
Un pueblo es siempre una empresa futura, un arco tendido hasta el mañana.”
” La patria -decía Juan de Mairena- es, en España, un sentimiento sencillamente popular, del cual suelen jactarse los señoritos. En los trances más duros, los señoritos la invocan y la
venden; el pueblo la compra con su sangre y no la mienta siquiera.”
Lo leo ahora y me parece detener el tiempo, porque sigo asistiendo a su grandeza con la misma emoción y devoción que entonces. Es el viejo maestro el que me habla de nuevo, desde la eternidad que le hemos concedido los que le reelemos una y mil veces, y la que le conceden los que por vez primera se acercan a sus versos y sus prosas ,y la que le concederán, en un futuro, todos los que vendrán a las suaves orillas de sus libros.
“Me he quedado sin pulso y sin aliento
separado de ti. Cuando respiro,
el aire se me vuelve en un suspiro
y en polvo el corazón de desaliento.” A. González
Cada vez que he de explicar la poesía de Ángel González recuerdo el primer poema que leí de él. Fue en aquella época en que lo descubrí todo y todo lo perdí. En aquellos tiempos de estúpidos miedos y torpezas juveniles, maravillosos poetas llegaron hasta mí, y él fue uno de ellos. En esta lluviosa mañana de otoño quiero rendirle mi pequeño y particular homenaje. Leemos sus poemas, y en ese instante la magia de la palabra lo envuelve todo. Nos ungimos de palabras, nos abrazamos a ellas y este estúpido mundo cobra sentido por un momento. Cuando leo a Ángel González comprendo el valor que tiene la palabra poética.
MUERTE EN EL OLVIDO. Angel González en Palabra sobre palabra Yo sé que existo
porque tu me imaginas.
Soy alto porque tu me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos, con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita…
La poesía de Ángel González es el grito de un hombre que se siente solo, pero también el clamor contra la injusticia y contra una realidad histórica de la que él también forma parte y a la que no puede ni quiere dejar de mirar cara a cara.
ELEGIDO POR ACLAMACIÓN
Sí, fue un malentendido.
Gritaron: ¡a las urnas!
y él entendió: ¡a las armas! -dijo luego.
Era pundonoroso y mató mucho.
Con pistolas, con rifles, con decretos.
Cuando envainó la espada dijo, dice:
La democracia es lo perfecto.
El público aplaudió. Sólo callaron,
impasibles, los muertos.
El deseo popular será cumplido.
A partir de esta hora soy -silencio-
el Jefe, si queréis. Los disconformes
que levanten el dedo.
Inmóvil mayoría de cadáveres
le dio el mando total del cementerio.
Encontramos en su poesía la experiencia vital, la memoria de lo vivido condensada en unos cuantos versos, como breves pinceladas impresionistas, retazos de una historia común a tantos otros que, como él (” perdido para siempre lo perdido”) caminaban sin rumbo por los sórdidos paisajes de la posguerra y el franquismo. Primera evocación
Recuerdo
bien
a mi madre.
Tenía miedo del viento,
era pequeña
de estatura,
la asustaban los truenos,
y las guerras
siempre estaba temiéndolas
de lejos,
desde antes
de la última ruptura
del Tratado suscrito
por todos los ministros de asuntos exteriores.
Recuerdo
que yo no comprendía.
El viento se llevaba
silbando
las hojas de los árboles,
y era como un alegre barrendero
que dejaba las niñas
despeinadas y enteras,
con las piernas desnudas e inocentes.
Por otra parte, el trueno
tronaba demasiado, era imposible
soportar sin horror esa estridencia,
aunque jamás ocurría nada luego:
la lluvia se encargaba de borrar
el dibujo violento del relámpago
y el arco iris ponía
un bucólico fin a tanto estrépito.
Llegó también la guerra un mal verano.
Llegó después la paz, tras un invierno
todavía peor. Esa vez, sin embargo,
no devolvió lo arrebatado el viento.
Ni la lluvia
pudo borrar las huellas de la sangre.
Perdido para siempre lo perdido,
atrás quedó definitivamente
muerto lo que fue muerto.
Por eso (y por más cosas)
recuerdo muchas veces a mi madre:
cuando el viento
se adueña de las calles de la noche,
y golpea las puertas, y huye, y deja
un rastro de cristales y de ramas
rotas, que al alba
la ciudad muestra desolada y lívida;
cuando el rayo
hiende el aire, y crepita,
y cae en tierra,
trazando surcos de carbón y fuego,
erizando los lomos de los gatos
y trastocando el norte de las brújulas;
y, sobre todo, cuando
la guerra ha comenzado,
lejos-nos dicen- y pequeña
-no hay por qué preocuparse-, cubriendo
de cadáveres mínimos distantes territorios,
de crímenes lejanos, de huérfanos pequeños…
Ángel González
Más allá de los premios, de los reconocimientos, del éxito editorial, de los seguidores y los detractores, de los críticos y las Academias, Ángel González es una de nuestras voces poéticas imprescindibles. Para que él siga llamándose Ángel González sólo hace falta que leamos sus poemas y estará para siempre entre nosotros.
Camino por sus versos y sé que no estoy sola. Me quedan sus palabras, para reconocerme, para saberme humana en medio del dolor, y de la indiferencia (e incluso del fracaso , indiferente).
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio. A. González.
La historia de la poesía española e hispanoamericana está llena de poemas que tienen como tema el otoño o que se inspiran en él. Sería una ardua tarea exponer aquí todos esos poemas, y seguramente me dejaría muchos en el intento. Así que me limito a elegir mis preferidos, como muestra de esa especial relación que mantienen los poetas y el otoño. Dejemos que nos inunde la luz de octubre, y que nos arrullen los imperecederos versos de Ángel González, Julio Cortázar, A. Machado, José Hierro, Neruda, J. Ramón Jiménez y Lorca. ¿Acaso hay mejor forma para entrar de lleno en la esperada estación de las melancolías? Parafraseando a mi siempre admirado Miguel Hernández: “Leamos con la alegre tristeza del otoño,(…)”, permitamos que la poesía nos acompañe en este camino de hojas secas que empezamos de nuevo a recorrer.
(I)
El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.
Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.
Y lo perdimos para siempre.
A González
(II)
Resumen en otoño
En la bóveda de la tarde cada pájaro es un punto del
recuerdo.
Asombra a veces que el fervor del tiempo
vuelva, sin cuerpo vuelva, ya sin motivo vuelva;
que la belleza, tan breve en su violento amor
nos guarde un eco en el descenso de la noche.
Y así, qué más que estarse con los brazos caídos,
el corazón amontonado y ese sabor de polvo
que fue rosa o camino-
El vuelo excede el ala.
Sin humildad, saber que esto que resta
fue ganado a la sombra por obra de silencio;
que la rama en la mano, que la lágrima oscura
son heredad, el hombre con su historia,
la lámpara que alumbra. J. Cortázar
(III)
Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.
Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.
Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.
Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma.
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma. Neruda
(IV)
OTOÑO
El cárdeno otoño
no tiene leyendas
para mí. Los salmos
de las frondas muertas,
jamás he escuchado,
que el viento se lleva.
Yo no sé los salmos
de las hojas secas,
sino el sueño verde
de la amarga tierra. A. Machado
(V) OTOÑO
Esparce octubre, al blando movimiento
del sur, las hojas áureas y las rojas,
y, en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento.
Qué noble paz en este alejamiento
de todo; oh prado bello que deshojas
tus flores; oh agua fría ya, que mojas
con tu cristal estremecido el viento!
¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
en que el cuerpo, hecho alma, se enternece,
echado en el verdor de una colina!
En una decadencia de hermosura,
la vida se desnuda, y resplandece
la excelsitud de su verdad divina. J.Ramón Jiménez
(VI)
OTOÑO
Otoño de manos de oro.
Ceniza de oro tus manos dejaron caer al camino.
Ya vuelves a andar por los viejos paisajes desiertos.
Ceñido tu cuerpo por todos los vientos de todos los siglos.
Otoño, de manos de oro:
con el canto del mar retumbando en tu pecho infinito,
sin espigas ni espinas que puedan herir la mañana,
con el alba que moja su cielo en las flores del vino,
para dar alegría al que sabe que vive
de nuevo has venido.
Con el humo y el viento y el canto y la ola temblando,
en tu gran corazón encendido. J. Hierro
(VII)
RITMO DE OTOÑO
1920
A Manuel Angeles
Amargura dorada en el paisaje.
El corazón escucha.
En la tristeza húmeda el viento dijo:
Yo soy todo de estrellas derretidas,
sangre del infinito.
Con mi roce descubro los colores
de los fondos dormidos.
Voy herido de místicas miradas,
yo llevo los suspiros
en burbujas de sangre invisibles
hacia el sereno triunfo
del amor inmortal lleno de Noche.
Me conocen los niños,
y me cuajo en tristezas.
Sobre cuentos de reinas y castillos,
soy copa de luz. Soy incensario
de cantos desprendidos
que cayeron envueltos en azules
transparencias de ritmo.
En mi alma perdiéronse solemnes
carne y alma de Cristo,
y finjo la tristeza de la tarde
melancólico y frío.
El bosque innumerable.
Llevo las carabelas de los sueños
a lo desconocido.
Y tengo la amargura solitaria
de no saber mi fin ni mi destino.
Las palabras del viento eran suaves
con hondura de lirios.
Mi corazón durmiose en la tristeza
del crepúsculo.
Sobre la parda tierra de la estepa
los gusanos dijeron sus delirios.
Soportamos tristezas
al borde del camino.
Sabemos de las flores de los bosques,
del canto monocorde de los grillos,
de la lira sin cuerdas que pulsamos,
del oculto sendero que seguimos.
Nuestro ideal no llega a las estrellas,
es sereno, sencillo:
quisiéramos hacer miel, como abejas,
o tener dulce voz o fuerte grito,
o fácil caminar sobre las hierbas,
o senos donde mamen nuestros hijos.
Dichosos los que nacen mariposas
o tienen luz de luna en su vestido.
¡Dichosos los que cortan la rosa
y recogen el trigo!
¡Dichosos los que dudan de la muerte
teniendo Paraíso,
y el aire que recorre lo que quiere
seguro de infinito!
Dichosos los gloriosos y los fuertes,
los que jamás fueron compadecidos,
los que bendijo y sonrió triunfante
el hermano Francisco.
Pasamos mucha pena
cruzando los caminos.
Quisiéramos saber lo que nos hablan
los álamos del río.
Y en la muda tristeza de la tarde
respondioles el polvo del camino:
Dichosos, ¡oh gusanos!, que tenéis
justa conciencia de vosotros mismos,
y formas y pasiones,
y hogares encendidos.
Yo en el sol me disuelvo
siguiendo al peregrino,
y cuando pienso ya en la luz quedarme,
caigo al suelo dormido.
Los gusanos lloraron, y los árboles,
moviendo sus cabezas pensativos,
dijeron: El azul es imposible.
Creíamos alcanzarlo cuando niños,
y quisiéramos ser como las águilas
ahora que estamos por el rayo heridos.
De las águilas es todo el azul.
Y el águila a lo lejos:
¡No, no es mío!
Porque el azul lo tienen las estrellas
entre sus claros brillos.
Las estrellas: Tampoco lo tenemos:
está entre nosotras escondido.
Y la negra distancia: El azul
lo tiene la esperanza en su recinto.
Y la esperanza dice quedamente
desde el reino sombrío:
Vosotros me inventasteis corazones,
Y el corazón:
¡Dios mío!
El otoño ha dejado ya sin hojas
los álamos del río.
El agua ha adormecido en plata vieja
al polvo del camino.
Los gusanos se hunden soñolientos
en sus hogares fríos.
El águila se pierde en la montaña;
el viento dice: Soy eterno ritmo.
Se oyen las nanas a las cunas pobres,
y el llanto del rebaño en el aprisco.
La mojada tristeza del paisaje
enseña como un lirio
las arrugas severas que dejaron
los ojos pensadores de los siglos.
Y mientras que descansan las estrellas
sobre el azul dormido,
mi corazón ve su ideal lejano
y pregunta:
¡Dios mío!
Pero, Dios mío, ¿a quién?
¿Quién es Dios mío?
¿Por qué nuestra esperanza se adormece
y sentimos el fracaso lírico
y los ojos se cierran comprendiendo
todo el azul?
Sobre el paisaje viejo y el hogar humeante
quiero lanzar mi grito,
sollozando de mí como el gusano
deplora su destino.
Pidiendo lo del hombre, Amor inmenso
y azul como los álamos del río.
Azul de corazones y de fuerza,
el azul de mí mismo,
que me ponga en las manos la gran llave
que fuerce al infinito.
Sin terror y sin miedo ante la muerte,
escarchado de amor y de lirismo,
aunque me hiera el rayo como al árbol
y me quede sin hojas y sin grito.
Ahora tengo en la frente rosas blancas
y la copa rebosando vino.
“Todo lo que es hermoso tiene su instante y pasa…” L. Cernuda
Leer a Cernuda es siempre un motivo de júbilo poético, una oportunidad para reafirmarnos en el poder transformador de la Poesía. Por muchas veces que nos hayamos acercado a sus versos, por mucho que algunos estén grabados en nuestra memoria, siempre queda un momento para el asombro. Así siguen sorprendiéndonos su dominio de la imagen onírica, su ruptura con los viejos moldes sin renunciar del todo a la mejor tradición, su conocimiento de los clásicos, los románticos, los vanguardistas. Con él descubrimos de nuevo la poesía pastoril, basada en diálogo ontológico del poeta con la naturaleza en un vano intento de superar la dualidad, la imposible dialéctica de los contrarios: realidad y deseo, arte y naturaleza, amor y muerte, memoria y olvido, libertad y prohibición, placer y sufrimiento. Todos ellos vertebran la poesía cernudiana dotándola de unidad dentro de sus distintas etapas.
Con él redescubrimos a Bécquer. Un Bécquer oscuro y enigmático, que se aleja de la visión edulcorada y fácil del poeta amoroso de la adolescencia. Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
(…)
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.
L. Cernuda
“Donde habite el olvido” nos recrea un poema de Bécquer ciertamente estremecedor y cuyos últimos versos rezan así: “…en donde esté una piedra solitaria,
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.”
Donde habite el olvido y Los placeres prohibidos llegaron a mí como un regalo. Una de esas lecturas que te despiertan los sentidos y cambian para siempre tu percepción del mundo y del amor: “No es el amor quien muere,/ somos nosotros mismos(…)”.
Cuando uno tiene apenas veinte años y deja palpitar su corazón en el entorno hostil de los amores juveniles, éste ( protegido hasta entonces en el calor del hogar y la inocencia adolescente) no puede por menos que tiritar de frío. Y en esa helada estepa del desamor, las palabras de Cernuda nos cobijan, nos envuelven, nos abrazan. Y nos sentimos un poco menos solos, un poco menos heridos, un poco reconfortados en esa extraña suerte de regodeo que proporciona reconocernos en el dolor ajeno, e identificarnos plenamente con ese poema que parece escrito sólo para nosotros en ese preciso instante en que leemos …” si el hombre pudiera decir lo que ama,/ si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo/ como una nube en luz”.
En la lectura poética sólo estamos nosotros, los lectores. Reconociéndonos, reencontrándonos, volando alto para hundirnos después en las profundidades de nuestro propio infierno. Cuando leemos poesía no hay evasión posible, no hay ficción; sólo vida, belleza, misterio, conocimiento, risa, llanto, dolor, ira, rabia, deseo, nostalgia o armonía. En fin, todo lo humano cabe en un solo verso.
Cuando en días venideros, libre el hombre
del mundo primitivo a que hemos vuelto
de tiniebla y de horror, lleve el destino
tu mano hacia el volumen donde yazcan
olvidados mis versos, y lo abras,
yo sé que sentirás mi voz llegarte,
no de la letra vieja, mas del fondo
vivo en tu entraña, con un afán sin nombre
que tú dominarás. Escúchame y comprende.
En sus limbos mi alma quizá recuerde algo,
Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos
Tendrán razón al fin, y habré vivido
Luis Cernuda, Como quien espera al alba
Fue una tarde de lluvia del año 90. Decidí resguardarme del absurdo aguacero inesperado entre los cálidos estantes de una librería. Todavía quedaba algo de tiempo para que pasara de nuevo el autobús y decidí comprar uno de los libros que debíamos leer aquel último año.
Después de conseguir lo que andaba buscando, salí a la fría humedad de las aceras y me dispuse a esperar el autobús bajo una marquesina atestada de gente. Ante el previsible retraso y aprovechando la luz de la tarde que aún se resistía a abandonarnos, saqué mi libro nuevo dispuesta a disfrutar del olor inconfundible de las hojas en esa primera lectura. Siempre me ha gustado el olor, el tacto, la tibieza, de los libros recién comprados. Abrí la bolsa y leí: César Vallejo. Obra poética completa.Alianza tres . Era un libro verde que todavía me acompaña tras mis múltiples mudanzas, eso sí, con el lomo bastante deslucido… Leí el primer poema y nunca olvidaré el impacto emocional que me produjo:
LOS HERALDOS NEGROS
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o lo heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
La lluvia seguía cayendo, y yo allí con los heraldos negros, los mensajeros de la muerte, los golpes de la vida ( “tan fuertes…¡Yo no sé!”). Los autobuses pasaban y ninguno era el mío. Y yo allí, con ese Dios iracundo y silencioso, con ese hombre perdido con su dolor a cuestas, con mi dolor pugnando por hacerse algún hueco, con la culpa, la pena, los puntos suspensivos.
Una tarde de lluvia leí a César Vallejo. Tenía veintiún años y algún que otro sinsabor en mi maleta. Me empapé de su poesía existencial, desnuda, humana, que se iba volviendo tensa, abrupta, despojada, con un expresionismo que rozaba el absurdo (ese salto de la analogía a la ironía, que lleva del modernismo al vanguardismo) , y de allí un acercamiento al surrealismo para recuperar de nuevo el humanismo existencial , el compromiso social, y la utopía. PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y,
jamas como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…
CÉSAR VALLEJO (Santiago de Chuco, 1892- París, 1938)
Y se murió en París, con aguacero, no sé si un jueves, no sé si llovería; sólo sé que yo le leí por primera vez en medio de la lluvia, y los que pudieron ver mis lágrimas se confundieron, y seguro pensaron que esa joven imprudente y distraída no se había resguardado lo suficiente de aquel aguacero otoñal… Y tendrían razón, porque todavía, a estas alturas de mi vida, no he aprendido a resguardarme ni del dolor, ni de la lluvia.
Inmóvil, claramente
inhumano en la
pura catedral
vive un ángel.
Un ángel no tiene ojos.
Un ángel no tiene sangre.
Él no vive en la vida, él no vive
en la muerte, él está
vivo en la belleza.
A. Gamoneda
Me gusta la poesía de Antonio Gamoneda, ese poeta con aire de persona “corriente”, de abuelo de cualquiera, que, como el mismo confiesa sin pudor, le viene dado de su condición de hombre pobre, de superviviente de una vida de trabajo alienante y penurias económicas. Me gusta su concepto de la poesía más allá de un género o una tipología textual: “La poesía “cuyo género carece de nombre” (vuelvo aquí a citar a Aristóteles) puede implicarse en módulos poemáticos, pero también, con igual entereza y legitimidad, en cualquiera otro de los géneros literarios o en la trama de varios o de todos ellos, trama a la que alude Lázaro Carreter como peculiar de la escritura contemporánea. Por no tener género, por no ser, en rigor, literatura, la poesía puede estar en todas las formas que la literatura adopte. Su esencialidad y su sentido han de buscarse en la sensibilidad y en la existencia antes que en el lenguaje convenido.(…)
La literatura está en la ficción, que puede ser maravillosa, pero la poesía es una realidad en sí misma. La poesía no es literatura. Contiene nuestros goces y nuestros sufrimientos, y esa relación con la existencia le da un carácter que va más allá de los géneros. Por eso también hay poetas literatos y novelistas poetas.(…)
El poeta está en una constante creación, tiene una manera especial de contemplar la realidad. Elliot nos dice que se trata de llegar al conocimiento a través de la sensibilidad.”
Para la lírica siempre son malos tiempos, porque los poetas no son rentables. No mejoran el producto interior bruto, ni generan grandes beneficios, ni favorecen el consumo. Ellos sólo desvelan el mundo, despojando a la realidad de las burdas y opacas telas con que otros se empeñan en cubrirla; buscan el conocimiento y proporcionan una extraña suerte de entendimiento, una nueva percepción de las cosas que nos rodean, que nos aleja de la alienación iluminando las zonas oscuras. Los poetas son incómodos, y mucho más si no se venden, no se pliegan a las modas o las ventas, no buscan la fama o el reconocimiento.
“Vuelvo a casa atravesando el invierno: olvido y luz sobre las ropas húmedas.
Los espejos están vacíos y en los platos ciega la soledad.
Ah la pureza de los cuchillos abandonados. “ A. Gamoneda.
La poesía nos hace más humanos, nos salva de los abismos y de la desesperanza, nos consuela, nos abrasa, nos conmueve.
La poesía nos devuelve al principio de todo, cuando el hombre nombraba las cosas para hacerlas reales, para dotarlas de sentido y de forma, para que, al pronunciar los sonidos, la magia del lenguaje, en su perfecta alquimia, creara la palabra.
Ruben Darío es, sin asomo de duda, uno de mis poetas imprescindibles. Tendría que remontarme a las tardes de invierno de mi cada vez más lejana infancia, cuando, como un juego mnemotécnico, mi abuela pronunciaba las palabras mágicas “Juventud, divino tesoro…”, y yo debía contestar “ya te vas para no volver…”, y ella, con una sonrisa de secreta satisfacción continuaba ” cuando quiero llorar no lloro…“, y yo, para que su satisfacción fuera completa, respondía “y a veces lloro sin querer…”.
Unos años después, en los últimos cursos de EGB, D. Antonio ( un profesor delgado, con un marcado acento sevillano y una inclinación ciertamente tendenciosa a pedir “voluntarios”) se acercó a mi pupitre y, señalando con su dedo índice mi libro abierto, dijo: “lea jovencita, lea”. Tembló mi voz con los primeros versos de la Sonatina ( “la princesa está triste…”), pero, a medida que avanzaba en la lectura, la sonoridad de aquellas palabras me envolvía y al llegar a la “hipsipila que dejo la crisálida/ la princesa está triste, la princesa está pálida…”, el ritmo me había embriagado completamente, y la secreta belleza de aquellas esdrújulas me había conquistado para siempre.
Años después hice mío aquel decálogo poético que precede a su obra El canto errante: “La poesía existirá mientras exista el problema de la vida y de la muerte. El don del arte es un don superior que permite entrar en lo desconocido de antes y en el ignorado de después, en el ambiente del ensueño o de la meditación. Hay una música ideal como hay una música verbal. No hay escuelas; hay poetas. El verdadero artista comprende todas las maneras y halla belleza bajo todas las formas. Toda la gloria y la eternidad están en nuestra conciencia”.
Más allá de su mistificada imagen de esteta decadente, de poeta preciosista, Rubén Darío es un poeta prometeico de la modernidad; un incansable buscador del fuego y la palabra; un creador en eterna lucha contra lo inefable. Su profunda angustia existencial, su anhelo y su necesidad de descifrar el enigma, de encontrar la ARMONÍA que pudiera salvarle del nihilismo, impregnan toda su obra, y se hace más patente a partir de Cantos de vida y esperanza. Los versos de su “autorretrato artístico y vital” nos desvelan un alma sensible, atormentada y rebelde , que sufre los embates de la incipiente sociedad moderna (con su individualismo competitivo, y su desaforada carrera hacia la bonanza económica, dejando a un lado todo aquello que no fuera potencialmente productivo), así como la terrible orfandad espiritual a la que se enfrenta el hombre del siglo XX.
Yo soy aquél que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana.
(…)
Yo supe de dolor desde mi infancia;
mi juventud… ¿fue juventud la mía?
sus rosas aún me dejan su fragancia,
una fragancia de melancolía…
(…)
En mi jardín se vio una estatua bella;
se juzgó mármol y era carne viva;
una alma joven habitaba en ella,
sentimental, sensible, sensitiva.
(…)
La torre de marfil tentó mi anhelo;
quise encerrarme dentro de mí mismo,
y tuve hambre de espacio y sed de cielo
desde las sombras de mi propio abismo.
(…)
Y la vida es misterio; la luz ciega
y la verdad inaccesible asombra;
la adusta perfección jamás se entrega,
y el secreto ideal duerme en la sombra.
(…)
La virtud está en ser tranquilo y fuerte;
con el fuego interior todo se abrasa;
se triunfa del rencor y de la muerte,
y hacia Belén… ¡La caravana pasa!
Cuando me siento triste y vienen a tentarme las grises “sombras del abismo”, cuando las respuestas no acuden una vez formuladas las eternas preguntas, entonces recuerdo la última estrofa de su poema “Nocturno”, y dejo que sus versos se enreden entre mis dedos y los repito, lentamente, dejándome envolver por sus “divinas palabras” :
Todo esto viene en medio del silencio profundo
en que la noche envuelve la terrena ilusión,
y siento como un eco del corazón del mundo
que penetra y conmueve mi propio corazón.
“Sonreír con la alegre tristeza del olivo.
Esperar. No cansarse de esperar la alegría.
Sonriamos. Doremos la luz de cada día
en esta alegre y triste vanidad de estar vivo.”Miguel Hernández
“Umbrío por la pena, casi bruno (…)” fue el primer poema de Miguel Hernández que leí. Tenía tan sólo quince años, pero me asombró y me emocionó profundamente aquella voz desgarradora, testimonio de un hondo dolor, de un sufrimiento íntimo que se desgranaba ante mí como si mi corazón juvenil fuera el depositario elegido para soportar conjuntamente toda aquella tristeza. “¡Cuánto penar para morirse uno!” … Seguí leyendo sus poemas y me embriagué de su perfección formal, de su dominio de la versificación, del uso audaz de las metáforas y las imágenes, del simbolismo telúrico del toro y de la luna; pero descubrí también una voz que sufría por todos los demás hombres, que se identificaba con los más humildes, con los olvidados, con los oprimidos… Se hacían poemas los obreros, los campesinos, los milicianos republicanos; se hacían poemas el niño yuntero, y el sudor, y el trabajo, y el hambre… Ante mí desfilaban las ansias de libertad, de dignidad y de cambio de las clases más humildes. Sentía, a través de los versos de Miguel Hernández, la miseria, la incultura, la desesperanza, los ejemplos palpitantes de la “escuálida España”.
Sentí también el zarpazo terrible de la guerra, “el tren de los heridos”, “ las madres que escondían su vientre”. Con él lloré a su hijo hambriento; y a los presos hacinados; y a las voces amuralladas de los que se quedaban.
Más allá de los críticos literarios, y de los estudios filológicos, y de la propaganda política, Miguel Hernández, el poeta de Orihuela, es el poeta leal, el poeta del pueblo, el poeta que sufrió el mismo cruel destino que muchos de los españoles junto a los que luchó por lo que creyó justo. Nos dejó su poesía, y aunque intentaron silenciarlo, al fin venció a la muerte y al olvido.
Sus palabras hermosas, humanas, verdaderas, han llegado hasta aquí. Y siento que una de las principales razones por las que me dedico a la enseñanza, es para poder seguir transmitiéndoselas a los que vendrán.
Como falsos ahorcados en el aire
sus cuerpos vacilantes y vacíos,
desnudos de nosotros, brazos, piernas,
cinturas, pechos, cuellos, suspendidos.
Pasa la luz de enero entre los blancos
fantasmas con su frío.
Deshabitadas formas desvividas,
huecos humanos ateridos.
Esa silueta con que juega el viento,
ese perfil he sido.
Tus manos compañeras lo han salvado
con su dolor de qué tristes residuos.
En el aire tal vez me reconozco,
un poco soy bandera al viento herido.
Jirón que se estremece mudamente,
por un cristal me miro.
Y no sé si es la ropa o es la vida
la que pende de un hilo.
Leopoldo de Luis.
Leopoldo de Luis (1918-2005) es uno de esos poetas de posguerra por el que los libros de texto y los estudios críticos pasan casi de puntillas, nombrándole siquiera, citando algún poema o algún verso, comentando su amor por las cosas cotidianas y su existencialismo. Hablar de los poetas de posguerra es hablar del dolor. Los poemas de esta generación del desastre y la infamia están llenos de desgarro, de pérdidas, de conmoción absoluta ante el horror vivido. Nos estremecen por su contenido y nos asoman a la profunda sima del “no saber a dónde vamos, ni de dónde venimos”.
Siempre me emocionó el rescate que, poetas como L. de Luis, hacen de las cosas sencillas, de los objetos cotidianos y humildes que nos rodean cada día de nuestra pobre vida, en nuestra pobre casa… No son objetos a los que, por su belleza o su delicadeza o su particularidad única, se hayan acercado los grandes vates: un vaso, unas cuartillas, un cubo de basura, la ropa en el balcón. Pero no es el objeto, es lo que nos sugiere, lo que nos evoca. Esa ropa tendida deja de ser tarea cotidiana, para ser la metáfora del HOMBRE que se sabe mortal, abatido, caduco y fugitivo.
Todos los grandes tópicos (”tempus fugit”, “memento mori”, “cotidie morimur”) que se han ido forjando a golpe de palabra en la dilatada historia de la literatura universal,vienen a dar aquí, a este poema, exentos de solemnidad y de falsos ropajes. La poesía es la “palabra en el tiempo” , el diálogo interior del poeta con su conciencia y su consciencia, que se nos entrega a los lectores como un pequeño misterio, un arcano que espera a que cada uno de nosotros, en nuestro íntimo acto de lectura, descifremos su enigma sepultado.
Mi cansancio
mi angustia
mi alegría
mi pavor
mi humildad
mis noches todas
mi nostalgia del año
mil novecientos treinta
mi sentido común
mi rebeldía.
Mi desdén
mi crueldad y mi congoja
mi abandono
mi llanto
mi agonía
mi herencia irrenunciable y dolorosa
mi sufrimiento
en fin
mi pobre vida.
Idea Vilariño
He empezado a leer a Idea Vilariño. Ya no puedo parar. Busco sus poemas como agua, como aire, como alimento. Me siento unida a ella con un hilo invisible de palabras. Formo parte de un grito, de un dolor, de un desgarro. Toman forma del barro sus palabras rotundas. Me acurruco entre sus versos y siento que llegué. Me reconozco, al fin, entre los restos del naufragio.Y junto a otros que, como yo, han llegado hasta allí (supervivientes de su propia desolación), me siento a contemplar tanta belleza, sin miedo a sucumbir a su legado.