Vosotros, descendientes,
heredaréis la voz amurallada,
la despojaréis de todas las cadenas,
la gritaréis al viento,
y la lanzaréis de nuevo a la mañana.
Sanarán las heridas,
ya no habrá más rencores.
Se abrirán las ventanas.
Entrarán los silencios
y saldrán las palabras.
Marisa de la Peña. Poemario a dos voces. “La voz libre” ed. La factoría de ediciones
Mi familia nunca me habló para inculcarme odio ni venganza, sólo para revelarme la verdad, su verdad, la que otros, desde sus posiciones de poder y gloria les obligaron a mantener callada y oculta. Porque la verdad, como dice el Evangelio, “nos hará libres”, y el silencio, por muy conciliador y apaciguador que parezca, sólo alimenta el miedo y consume los corazones de los que callan.
Comprendo a los que prefieren guardar silencio, porque no todas las situaciones fueron iguales, y hubo quien pudo rehacer su vida y restañar sus heridas al calor del hogar y del mutismo familiar, pactado para no sufrir y no hacer sufrir a los que vinieran; pero que también comprendan a los que no quisieron hacerlo y a los que no queremos hacerlo ahora. Para algunos el silencio fue un bálsamo, un refugio para olvidar. Otros no pudieron hacerlo porque no les dejaron pasar página, porque les negaron la casa, la hacienda, la patria, el derecho a ver crecer a sus hijos y a sentarse con ellos, a olvidar…
Aquí os dejo el tema de Cinema Paradiso que me inspiró este texto y que, si queréis, puede acompañar vuestra lectura.
A mi abuelo Manuel, que se fue sin saber de mí, y ni siquiera pudo ver el tímido regreso de la primavera después del largo invierno que le toco vivir… Por él yo respiro ahora todas las flores, y hago, de la palabra libre, mi única bandera.
” se me ha muerto como del rayo…”
M. Hernández
Como del rayo sí, como del rayo
le arrancaron de aquellos que le amaban,
una fría mañana de febrero
(dolor de invierno, lluvia en los semblantes,
gafas oscuras arrastrando el paso
camino del pequeño cementerio…)
Una vida truncada, en blanco y negro,
daguerrotipo cruel de una derrota. No pudo con las penas su persona.
Se apagó su sonrisa entre barrotes,
se marchitó la savia de sus venas,
y lloraron su muerte
los álamos del río
que conduce a la casa de la infancia.
Con él se fue el olor a hierbabuena,
a azahar, a tomillo y a albahaca.
Con él se fue la risa,
las mariposas blancas en su pelo,
los tangos de Gardel, y las mañanas.
Con él se fueron todas las palomas
y el aire se hizo denso, irrespirable.
Su voz de plata y luna
se quebró para siempre.
Las madres tejedoras,
envueltas en harapos
de odio eterno y venganza,
cortaron sin piedad el frágil hilo
que le ataba a los suyos,
a la vida de escarcha,
de flor nocturna y frágil
que le tocó vivir.
Se lo quitaron todo,
la hacienda, la alegría,
la honra, la esperanza.
Le quedó la palabra, la poesía.
y escribiendo, escribiendo
se fue volviendo agua,
se fue volviendo humo,
transparente papel, hoja caduca.
Se murió en hombre digno,
con su sonrisa puesta y sus ropas humildes,
en su pequeña casa,
con un viento invernal
y un profundo desánimo.
Una triste mañana de febrero,
en un Madrid tendido hacia el futuro,
se abandonó a la muerte…
Cansado de esperar la primavera.
¿Cómo no imaginarte en las batallas
que me ofrece, día a día, la tristeza?
¿Y cómo no pensarte en las derrotas,
en las profundas fosas olvidadas
entre amargos barrotes
de una cárcel infame,
injusta, innecesaria?
( tapias de silencio,
muros de agonías,
voces acalladas…)
¿Cómo no hacer memoria para no hacer olvido?
¿Cómo no presentirte en tus ausencias,
en todo lo que no viví contigo,
en la mano que no pude estrecharte,
en las caricias que nos arrebataron?
¿Cómo no hacer memoria,
cómo no presentirte, pensarte, imaginarte
en las noches gastadas
de la vida imperfecta, inacabada,
que vivimos sin ti?
Y la voz que te debo
desde aquí te recuerda
con la ventana abierta
y la sonrisa puesta;
porque la vida sigue,
y siempre,
tiene que haber un tiempo
que invoque la esperanza.
Que en las guerras no hay malos ni buenos, sólo víctimas
es un viejo adagio que todos sabemos…
Pero, cuando la guerra acaba,
hay vencedores y vencidos,
y unos arrastran a los otros por el fango y la sangre
y se regodean en su sufrimiento,
como plato final de su victoria
(fría venganza en corazones de piedra).
Y la derrota sabe a desesperanza
y a amargura, gota a gota tragada
(hora a hora,
día a día
año a año).
Lo saben los galos,
y los íberos,
y los troyanos
y los nubios,
y los cátaros…
y muchos españoles.
1) ADAGIO. (Del lat. adagium.) m. Sentencia breve, generalmente moral. II Proverbio.
Mi abuelo, como tantos otros presos políticos represaliados por las dictaduras, no sólo se vio privado de la libertad y de la palabra, sino también de la alegría y el consuelo de ver crecer a su hijo. Gracias a la palabra poética, el hijo se hace presente a pesar de su ausencia.
La “larga noche de piedra” en que se convirtió la vida de mi abuelo siempre tuvo un consuelo: el amor que profesó a los que él llamaba sus “dos luceros”, mi abuela y mi padre.
Nanas del hijo ausente.
Canta niño mío
canta,que aunque lejos
yo me pongo alegre
si tú estás contento.
Canta, juega y ríe
como pajarillo
con ansias de vuelo,
por jardines llenos
de flores y luces,
de hechizo y misterio.
Y que los jazmines,
y que los romeros,
y que las magnolias,
y que los claveles
de color de fuego
sientan tu alegría
como yo la siento.
Cántale a la luna,
canta a las estrellas,
cántale a los vientos.
Cántale a tu madre
mientras que yo canto
a mis dos luceros…
Canta niño mío,
que tu voz de plata
me traigan los vientos,
y alegre las horas
de mi cautiverio.
Manuel de la Peña Piñeiro. Prisión Central de Alcalá de Henares. 29 de noviembre de 1945. Poemario a dos voces, ed. La factoría de ediciones.
En el manuscrito original, ya amarillo y ajado por el tiempo, hay borrones de tinta que dejaron las lágrimas. Nunca pregunté si eran de mi abuelo al escribirlo o de mi abuela al recibirlo… Nunca pregunté, porque no hacía falta. ( “Hay golpes en la vida tan fuertes…yo no sé”).
Han pasado los años y las penas. Ellos ya no están pero estamos nosotros: el fruto de su sangre y de sus lágrimas. Y tal vez eso sea lo más parecido a la vida eterna, dejar harto consuelo en la memoria de los que nos aman, para siempre.
La historia de la poesía española e hispanoamericana está llena de poemas que tienen como tema el otoño o que se inspiran en él. Sería una ardua tarea exponer aquí todos esos poemas, y seguramente me dejaría muchos en el intento. Así que me limito a elegir mis preferidos, como muestra de esa especial relación que mantienen los poetas y el otoño. Dejemos que nos inunde la luz de octubre, y que nos arrullen los imperecederos versos de Ángel González, Julio Cortázar, A. Machado, José Hierro, Neruda, J. Ramón Jiménez y Lorca. ¿Acaso hay mejor forma para entrar de lleno en la esperada estación de las melancolías? Parafraseando a mi siempre admirado Miguel Hernández: “Leamos con la alegre tristeza del otoño,(…)”, permitamos que la poesía nos acompañe en este camino de hojas secas que empezamos de nuevo a recorrer.
(I)
El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.
Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.
Y lo perdimos para siempre.
A González
(II)
Resumen en otoño
En la bóveda de la tarde cada pájaro es un punto del
recuerdo.
Asombra a veces que el fervor del tiempo
vuelva, sin cuerpo vuelva, ya sin motivo vuelva;
que la belleza, tan breve en su violento amor
nos guarde un eco en el descenso de la noche.
Y así, qué más que estarse con los brazos caídos,
el corazón amontonado y ese sabor de polvo
que fue rosa o camino-
El vuelo excede el ala.
Sin humildad, saber que esto que resta
fue ganado a la sombra por obra de silencio;
que la rama en la mano, que la lágrima oscura
son heredad, el hombre con su historia,
la lámpara que alumbra. J. Cortázar
(III)
Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.
Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.
Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.
Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma.
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma. Neruda
(IV)
OTOÑO
El cárdeno otoño
no tiene leyendas
para mí. Los salmos
de las frondas muertas,
jamás he escuchado,
que el viento se lleva.
Yo no sé los salmos
de las hojas secas,
sino el sueño verde
de la amarga tierra. A. Machado
(V) OTOÑO
Esparce octubre, al blando movimiento
del sur, las hojas áureas y las rojas,
y, en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento.
Qué noble paz en este alejamiento
de todo; oh prado bello que deshojas
tus flores; oh agua fría ya, que mojas
con tu cristal estremecido el viento!
¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
en que el cuerpo, hecho alma, se enternece,
echado en el verdor de una colina!
En una decadencia de hermosura,
la vida se desnuda, y resplandece
la excelsitud de su verdad divina. J.Ramón Jiménez
(VI)
OTOÑO
Otoño de manos de oro.
Ceniza de oro tus manos dejaron caer al camino.
Ya vuelves a andar por los viejos paisajes desiertos.
Ceñido tu cuerpo por todos los vientos de todos los siglos.
Otoño, de manos de oro:
con el canto del mar retumbando en tu pecho infinito,
sin espigas ni espinas que puedan herir la mañana,
con el alba que moja su cielo en las flores del vino,
para dar alegría al que sabe que vive
de nuevo has venido.
Con el humo y el viento y el canto y la ola temblando,
en tu gran corazón encendido. J. Hierro
(VII)
RITMO DE OTOÑO
1920
A Manuel Angeles
Amargura dorada en el paisaje.
El corazón escucha.
En la tristeza húmeda el viento dijo:
Yo soy todo de estrellas derretidas,
sangre del infinito.
Con mi roce descubro los colores
de los fondos dormidos.
Voy herido de místicas miradas,
yo llevo los suspiros
en burbujas de sangre invisibles
hacia el sereno triunfo
del amor inmortal lleno de Noche.
Me conocen los niños,
y me cuajo en tristezas.
Sobre cuentos de reinas y castillos,
soy copa de luz. Soy incensario
de cantos desprendidos
que cayeron envueltos en azules
transparencias de ritmo.
En mi alma perdiéronse solemnes
carne y alma de Cristo,
y finjo la tristeza de la tarde
melancólico y frío.
El bosque innumerable.
Llevo las carabelas de los sueños
a lo desconocido.
Y tengo la amargura solitaria
de no saber mi fin ni mi destino.
Las palabras del viento eran suaves
con hondura de lirios.
Mi corazón durmiose en la tristeza
del crepúsculo.
Sobre la parda tierra de la estepa
los gusanos dijeron sus delirios.
Soportamos tristezas
al borde del camino.
Sabemos de las flores de los bosques,
del canto monocorde de los grillos,
de la lira sin cuerdas que pulsamos,
del oculto sendero que seguimos.
Nuestro ideal no llega a las estrellas,
es sereno, sencillo:
quisiéramos hacer miel, como abejas,
o tener dulce voz o fuerte grito,
o fácil caminar sobre las hierbas,
o senos donde mamen nuestros hijos.
Dichosos los que nacen mariposas
o tienen luz de luna en su vestido.
¡Dichosos los que cortan la rosa
y recogen el trigo!
¡Dichosos los que dudan de la muerte
teniendo Paraíso,
y el aire que recorre lo que quiere
seguro de infinito!
Dichosos los gloriosos y los fuertes,
los que jamás fueron compadecidos,
los que bendijo y sonrió triunfante
el hermano Francisco.
Pasamos mucha pena
cruzando los caminos.
Quisiéramos saber lo que nos hablan
los álamos del río.
Y en la muda tristeza de la tarde
respondioles el polvo del camino:
Dichosos, ¡oh gusanos!, que tenéis
justa conciencia de vosotros mismos,
y formas y pasiones,
y hogares encendidos.
Yo en el sol me disuelvo
siguiendo al peregrino,
y cuando pienso ya en la luz quedarme,
caigo al suelo dormido.
Los gusanos lloraron, y los árboles,
moviendo sus cabezas pensativos,
dijeron: El azul es imposible.
Creíamos alcanzarlo cuando niños,
y quisiéramos ser como las águilas
ahora que estamos por el rayo heridos.
De las águilas es todo el azul.
Y el águila a lo lejos:
¡No, no es mío!
Porque el azul lo tienen las estrellas
entre sus claros brillos.
Las estrellas: Tampoco lo tenemos:
está entre nosotras escondido.
Y la negra distancia: El azul
lo tiene la esperanza en su recinto.
Y la esperanza dice quedamente
desde el reino sombrío:
Vosotros me inventasteis corazones,
Y el corazón:
¡Dios mío!
El otoño ha dejado ya sin hojas
los álamos del río.
El agua ha adormecido en plata vieja
al polvo del camino.
Los gusanos se hunden soñolientos
en sus hogares fríos.
El águila se pierde en la montaña;
el viento dice: Soy eterno ritmo.
Se oyen las nanas a las cunas pobres,
y el llanto del rebaño en el aprisco.
La mojada tristeza del paisaje
enseña como un lirio
las arrugas severas que dejaron
los ojos pensadores de los siglos.
Y mientras que descansan las estrellas
sobre el azul dormido,
mi corazón ve su ideal lejano
y pregunta:
¡Dios mío!
Pero, Dios mío, ¿a quién?
¿Quién es Dios mío?
¿Por qué nuestra esperanza se adormece
y sentimos el fracaso lírico
y los ojos se cierran comprendiendo
todo el azul?
Sobre el paisaje viejo y el hogar humeante
quiero lanzar mi grito,
sollozando de mí como el gusano
deplora su destino.
Pidiendo lo del hombre, Amor inmenso
y azul como los álamos del río.
Azul de corazones y de fuerza,
el azul de mí mismo,
que me ponga en las manos la gran llave
que fuerce al infinito.
Sin terror y sin miedo ante la muerte,
escarchado de amor y de lirismo,
aunque me hiera el rayo como al árbol
y me quede sin hojas y sin grito.
Ahora tengo en la frente rosas blancas
y la copa rebosando vino.
Fuego es último poema que nos queda de mi abuelo. Lo escribió estando muy enfermo, y representa el profundo sentimiento de naufragio y desolación que ya por aquellas fechas le embargaba. Las utopías se desmoronaban, no quedaba espacio para los ideales, y la vida no era ya sino una sucesión de desventuras. Aún así, en todas las imágenes que nos quedan de él, siempre nos regala su sonrisa de luna morena.
Sus poemas son poemas de la voz robada, del silencio impuesto y la condena injusta . Emanan de la experiencia directa del DOLOR con mayúsculas, de la pérdida, de la desesperanza. Cuando los leo siento que rescato su voz, que la libero y que estoy junto a él, sentada donde nunca pude estarlo, a la orilla de un mundo más humano y más justo. Y él agarra mi mano, y me canta canciones, y me lee bellos cuentos, y me llena de besos. Y entre las cenizas de los desiertos calcinados, vemos como renacen los cerezos en flor…
¡ Fuego…!
Él es mi ídolo, sí, y al contemplarle
mi alma se extasía en su incremento,
entabla ruda lucha con el viento
y vence más cuanto más quiere apagarle.
Majestuoso la gestión comienza,
destruye, purifica e ilumina;
ahora en el llano, luego en la colina,
por doquier se le ve con gentileza.
Arrastra los palacios y las chozas,
todo lo mide equitativamente,
no respeta la hacienda del pudiente
quemando al par las zarzas que las rosas.
Postrado, como a rey te acojo
de lo existente y de lo ya existido;
y puesto que lo viejo es consumido,
prosigue tu labor, sea todo rojo.
Nubla del sol la grande semejanza
con las sombras de tu humo desprendido,
y véase entre espirales confundido
el espacio y la tierra sin tardanza;
no descanses, no duermas, purifica
lo creado de este lodazal inmundo,
y surja del solar desinfectado,
con otra humanidad, un nuevo mundo.
Manuel de la Peña Piñeiro.
14 de Mayo del 56 Poemario a dos voces. Ed.La factoría de ediciones
“Nos quedan la memoria y la canción…”
A mi abuelo Manuel, que penó y sufrió por las cárceles de Franco hasta su muerte, y cuyo único delito fue negarse a secundar lo que él consideraba una traición a las libertades conquistadas durante la república; eso, y militar en las peligrosas filas de la filantropía. De él heredé esta simpatía, o empatía (del griego `pathos´), por los humildes, por los desheredados, por los que sufren, por los que sienten sobre ellos el peso de la injusticia. Leyendo sus escritos comprendí que, por mucho que valga un hombre, nunca tendrá más valor que el propio de ser hombre, que los dogmatismos llevan a los totalitarismos y que, por muy gruesos que sean los muros, no pueden encerrar el pensamiento libre. Otro de sus preciados legados fue mi pasión por la literatura, y un completo desinterés por los falsos parnasos y las academias, por los laureles y los “tenores huecos”. Como él, escribo para compartir con otros lo que me identifica, lo que me abrasa, lo que me asombra, lo que me desvela; sin más pretensión que la de ser yo misma, y regalar mis palabras a aquellos que quieran acercarse a leerlas o escucharlas. Él nada pudo dejarme excepto sus palabras; yo nada tengo para homenajearle si no son mis torpes palabras. Él y otros como él, entregaron sus vidas y su libertad con la firme convicción de que yo, y otros como yo, algún día pudiéramos lanzar nuestras voces al viento libremente, sin miedos, sin rencores, sin esperar a cambio nada; tan sólo la satisfacción de haberlas dejado volar.
Os lo quitaron todo,
la hacienda, la alegría, la palabra.
Os dejaron desnudos, despojados
en medio de la noche.
Una noche sin tregua, sin luna, sin mañana…
Os lo quitaron todo,
El llanto, la esperanza.
Las lágrimas se secan
en las cuencas vacías de los ajusticiados…
Os lo quitaron todo,
la casa, la patria, la familia.
Todo era suyo. ¡Suyo!
¿Qué será de vosotros, huérfanos, desahuciados,
sin patria, sin casa, sin bandera,
sin himnos, sin estatuas,
sin pasado glorioso?
¿Qué será de vosotros, vencidos, humillados,
sin justicia, sin pan y sin memoria?
No, ¡sin memoria no!
La tendrán vuestros hijos,
y la tendrán los hijos de los hijos,
y todos los que vengan.
Ellos tendrán de nuevo lo que os arrebataron:
la casa, la alegría, la palabra,
la justicia, el mañana y la canción.
Mª Luisa de la de la Peña, “La voz libre”.
Del libro Poemario a dos voces , ed. La Factoría de ediciones.
Antes de tomarme unos días de descanso, rodeada de maletas, sofocos estivales, niños en pie de guerra y cierta angustia provocada por el caos de los preparativos en familia , he decidido subir en formato virtual una selección de los versos que he ido enredando en este blog.
No hay en ello más intención que la de compartir mis palabras con aquellos que siempre confiaron en mí y con los que, en diferentes momentos , han apoyado mis proyectos.
Desde que tuve uso de razón ( y eso que soy bastante irracional) he amado la Poesía. Los versos de los grandes poetas ( Machado, Miguel Hernández, Lorca, Quevedo, Lope, Neruda, Vallejo, Salinas, J. R. Jiménez, León Felipe, Angel González…) de los encumbrados y de otros más humildes, han ido configurando mi educación sentimental. Por mi trabajo leo mucha poesía, pero procuro no sólo diseccionarla, sino sentirla y transmitirla como catalizador y canal de las emociones humanas. Intento que mis alumnos se acerquen a la poesía como a un tesoro de sentimientos que palpitan, como a una revelación del enigma final, como a una sibila que les desvelará el porvenir, como a un maestro sabio que guarda el conocimiento y el nombre exacto de todas las cosas, y sobre todo les pido que busquen en ella lo que esconde su propio corazón aletargado.
Toda lectura poética es única en sí misma. Nadie experimenta las mismas sensaciones ante los mismos versos. Cada uno construye su propia versión del poema leído y lo aplica a sus propias vivencias y a su particular sensibilidad. La poesía, como la música, nos transporta a lugares imposibles, a sensaciones sinestésicas, a rincones de nosotros mismos que nunca antes habíamos transitado.
Encontrar el verso perfecto, la palabra precisa, la metáfora sublime, es un don de los dioses que no a todos nos es concedido. Conseguir conmover, mover al otro hasta nuestra propia búsqueda interior para que se conozca un poco más a sí mismo; hacer que alguien haga suyo un verso o un poema y lo lleve con él, prendido en su memoria para siempre, es un privilegio.
Yo a nada grandioso aspiro, tan sólo a ser digna de los que me enseñaron el verdadero valor de la Poesía, y a transmitirlo a los que a mí me toca, en esta eterna cadena de dar y recibir.