A Marta M. López, por una mañana repleta de libros, risas y palabras… LA NOVIA AMARILLA
Mi tercer audiopoema tiene un lejano origen. Lo escribí hace veinte años, en mi primer curso universitario. Nunca vio la luz. Ahora lo he rescatado, lo he poblado de imágenes y he querido traer su atmósfera de niñez efímera y abandonada, de pérdida del Edén y la inocencia, de aceptación de lo que ha de venir cuando se deja atrás lo que no ha de volver y nuestra juventud se transforma, poco a poco, en ese territorio de la nostalgia al que, a veces, ansiamos regresar.
Para despedir el periodo de vaciones (este “largo y cálido verano” que ya toca a su fin), y preparar el terreno a septiembre, que viene cargado de nuevos proyectos y muchas novedades, quiero dejaros aquí este nuevo audiopoema.
El texto pertenece al poemario Ropa tendida al viento , y en él reflexiono sobre la necesidad de asumir lo que nos ocurre para crecer en ese intento. No es tarea fácil, ni siquiera se lleva siempre a cabo; pero aceptar, es siempre un ejercicio de humildad y generosidad que nos engrandece. El paso del tiempo, las derrotas, las vivencias y las pérdidas irrecuperables, aparecen de nuevo en este poema, porque son para mí como esa ropa que tendemos al viento esperando que, algún día, se pueda secar.
He decidido abrir esta sección con poemas de mi libro Ropa tendida al viento y con otros que he recitado en algún que otro evento literario. Mis dibujos, y poemas recitados por mí, son una nueva forma de acercar la poesía a los posibles lectores. Además los acompañaré de pequeños comentarios sobre su génesis, o de reseñas hechas por amigos. Espero que os guste esta primera entrega.
YA NO
Este poema nació tras la lectura de Idea Vilariño. Siempre he considerado que cuando un poeta o un poema se instalan en nuestra memoria, es porque se han instalado en nuestro corazón.
Desde la distancia de algo que ya pasó pero deja una huella, el poeta reconstruye y recrea su propia experiencia como algo nuevo, que toma vida propia a través de la palabra. El fin de la experiencia amorosa contemplado desde la distancia y la ternura es el eje vertebrador del poema. Las dos primeras estrofas forman una unidad temática y formal gracias al paralelismo sintáctico de sus primeros versos y a la afirmación repetitiva de lo que fue y ya no será. Las vivencias aparentemente cotidianas de cualquier historia de amor ( lugares de encuentro, llamadas de teléfono, paradas de autobús, portales, calles conocidas) configuran la despedida emocional de estas dos primeras estrofas. La tercera estrofa rompe el anterior “leit motiv” de la aceptación de esa pérdida inevitable, e introduce el concepto del recuerdo.Podemos dejar de amar a alguien pero nunca dejaremos de amar su recuerdo. El recuerdo se hace real a través de los sentidos corporales: el sabor, la voz, el tacto nos traen de nuevo ( como las magdalenas de Proust) la presencia casi corpórea de aquel lejano amor. Y así , el recuerdo , implicará en sí mismo la única forma posible de olvido.
En realidad no debería haber un día del libro para los que amamos la lectura. Para muchos leer es como respirar. Forma parte de nuestras constantes vitales: respiramos, leemos; nuestro corazón late, leemos. Pero, puesto que lo hay, aprovechemos para transmitir a los que nos rodean nuestro amor por los libros.
Ver Presentación audiovisual Día del libro. Y si tenéis tiempo y os apetece aquí os dejo Salvad los libros, una historia de dignidad y valentía que tiene mucho que ver con el amor a los libros como transmisores de cultura y arraigo familiar.
¿Quién no ha escuchado alguna vez en su vida la famosa frase “sólo podemos ser amigos”?¿Y la no menos famosa “no podemos ser sólo amigos”? Sólo amigos… ¿Y qué más se puede ser? ¿Es que a caso hay algo más profundo, hermoso, gratificante y enriquecedor que la amistad? Al cabo todo es amistad, y la amistad no es sino amor. Nos da miedo decir amor, amar, sentirnos amados. Creemos que si levantamos barreras, si nos escondemos tras sólidas corazas de soberbia o autosuficiencia todo irá mejor. Trazar barreras, poner límites, evitar sorpresas, nos parecen buenos métodos para protegernos de las posibles desilusiones o desafectos.
Muchos son los autores que han reflexionado o teorizado sobre la amistad, y muchos serán los que continúen haciéndolo. Porque estamos aquí, en medio de un mundo que , en muchas ocasiones, nos es adverso y hostil; desnudos, frágiles, buscando con la mirada una sonrisa amable, un rostro conocido, una mano cálida, una palabra que nos reconforte y nos salve del naufragio. Aunque haya quien lo considere señal inequívoca de cursilería, o innecesaria muestra de ternura, el amor que nos dan los amigos nos es tan necesario como el aire que respiramos. Reconocemos a nuestros amigos en la adversidad y en la alegría; no nos juzgan, no nos piden más de lo que podemos dar, y saben sacar lo mejor de nosotros. Con ellos el camino se allana y los peces se multiplican.
El verdadero amor no nos divide: nos multiplica, nos expande y , como en una hermosa telaraña, vamos tejiendo redes que nos entrelazan unos a otros, para siempre…
Gracias a vosotros, mis amigos, los que os reconocéis en mí, los que me hacéis más fuerte; los que me acompañáis en los días de vino y rosas y en los tiempos de resaca e incertidumbre;los que me animáis y me sostenéis;los que me recibís sin reservas y sabéis disfrutar del mutuo afecto. A vosotros: los que fuisteis; los que sois;… los que serán un día.
Acaba un nuevo año, un ciclo se termina. El invierno se instala definitivamente, se engalana de fiesta pero no es suficiente. Las cosas que perdimos son irrecuperables, los recuerdos se empeñan en invadirlo todo aunque nos resistamos. Nos engullen las prisas, los compromisos, las luces de neón, los olores penetrantes, los sabores imposibles… Os dejo mi reflexión en forma de montaje audiovisual, y os lo dedico a todos los que me habéis acompañado, incluso a los que me han abandonado, en este año que toca a su fin.
Espero que este nuevo año me permita seguir enredando palabras con vosotros, y que vuestras voces amigas ( las más antiguas y las más recientes, pero no menos necesarias) sigan ahí.
PD. Volved al principio de la entrada, poned los altavoces y dad al botón de inicio. Espero que os guste.
Mi interés por recuperar la memoria viene de mucho antes de que yo misma fuera consciente de ello. Mi abuela fue tejiendo un tapiz con sus recuerdos y mi curiosidad, que acabó transformándose en un largo hilo, el hilo de la memoria que enhebra los tristes episodios de aquel tiempo tan duro que le toco vivir. Yo crecí en las rodillas de mi abuela, apegada a sus dichos, a su olor, a su tierna firmeza. Poco a poco me fui identificando y apasionando con aquella generación de perdedores, de luces y sombras, de penas y sacrificios, que nos dio una lección de generosidad y que supo callar para evitar más dolor y regalarnos a sus nietos la juventud que a ellos les fue arrebatada.
Cuando empecé a escribir sobre el tema, a recuperar y editar los versos de mi abuelo, a leer los testimonios de los represaliados, sabía que iba a ser un viaje muy duro, y que, en Itaca, a diferencia de Ulises, sólo me esperaba la tristeza y la derrota. A partir de entonces todo fueron reencuentros, viejos dolores, escondido orgullo, penas compartidas. Me he asomado de nuevo a la profunda sima de ese dolor, a las lágrimas contenidas, a las voces amuralladas, a los corazones heridos. No podemos igualar lo inigualable. Mi abuela siempre decía:” La guerra fue mala hija…Pero después, después vino lo peor…” Pocos años antes de morir recuerdo que me confesó, después de ver una película de nazis cuyo título no recuerdo, su profunda desilusión. “Al final será como si nunca hubiésemos existido, como si nunca nos hubiera pasado nada,como si nuestro dolor nos lo hubiéramos imaginado. Aquí nadie hará nunca una película sobre nosotros…” No recuerdo las palabras exactas pero sí el tono de desolación con que las pronunció, con ese cansancio que dan los años, y las penas… Recuperar la memoria de los míos, dotarles de la voz que nunca tuvieron, contar su pequeña historia, se convirtió para mí en una promesa, en una tarea de restitución y dignidad que tal vez algunos no entiendan. El hecho de haber sido mencionada en El País Semanal entre las diez páginas y personas (exactamente el número nueve) que luchan en la red por recuperar la memoria histórica, es mi particular forma de resarcir a mis abuelos y a todos los que ,como ellos, fueron condenados al silencio, al miedo y a la amnesia.
Si pincháis el enlace podréis ver la noticia en El País: Para no olvidar
“Todo lo que es hermoso tiene su instante y pasa…” L. Cernuda
Leer a Cernuda es siempre un motivo de júbilo poético, una oportunidad para reafirmarnos en el poder transformador de la Poesía. Por muchas veces que nos hayamos acercado a sus versos, por mucho que algunos estén grabados en nuestra memoria, siempre queda un momento para el asombro. Así siguen sorprendiéndonos su dominio de la imagen onírica, su ruptura con los viejos moldes sin renunciar del todo a la mejor tradición, su conocimiento de los clásicos, los románticos, los vanguardistas. Con él descubrimos de nuevo la poesía pastoril, basada en diálogo ontológico del poeta con la naturaleza en un vano intento de superar la dualidad, la imposible dialéctica de los contrarios: realidad y deseo, arte y naturaleza, amor y muerte, memoria y olvido, libertad y prohibición, placer y sufrimiento. Todos ellos vertebran la poesía cernudiana dotándola de unidad dentro de sus distintas etapas.
Con él redescubrimos a Bécquer. Un Bécquer oscuro y enigmático, que se aleja de la visión edulcorada y fácil del poeta amoroso de la adolescencia. Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
(…)
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.
L. Cernuda
“Donde habite el olvido” nos recrea un poema de Bécquer ciertamente estremecedor y cuyos últimos versos rezan así: “…en donde esté una piedra solitaria,
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.”
Donde habite el olvido y Los placeres prohibidos llegaron a mí como un regalo. Una de esas lecturas que te despiertan los sentidos y cambian para siempre tu percepción del mundo y del amor: “No es el amor quien muere,/ somos nosotros mismos(…)”.
Cuando uno tiene apenas veinte años y deja palpitar su corazón en el entorno hostil de los amores juveniles, éste ( protegido hasta entonces en el calor del hogar y la inocencia adolescente) no puede por menos que tiritar de frío. Y en esa helada estepa del desamor, las palabras de Cernuda nos cobijan, nos envuelven, nos abrazan. Y nos sentimos un poco menos solos, un poco menos heridos, un poco reconfortados en esa extraña suerte de regodeo que proporciona reconocernos en el dolor ajeno, e identificarnos plenamente con ese poema que parece escrito sólo para nosotros en ese preciso instante en que leemos …” si el hombre pudiera decir lo que ama,/ si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo/ como una nube en luz”.
En la lectura poética sólo estamos nosotros, los lectores. Reconociéndonos, reencontrándonos, volando alto para hundirnos después en las profundidades de nuestro propio infierno. Cuando leemos poesía no hay evasión posible, no hay ficción; sólo vida, belleza, misterio, conocimiento, risa, llanto, dolor, ira, rabia, deseo, nostalgia o armonía. En fin, todo lo humano cabe en un solo verso.
Cuando en días venideros, libre el hombre
del mundo primitivo a que hemos vuelto
de tiniebla y de horror, lleve el destino
tu mano hacia el volumen donde yazcan
olvidados mis versos, y lo abras,
yo sé que sentirás mi voz llegarte,
no de la letra vieja, mas del fondo
vivo en tu entraña, con un afán sin nombre
que tú dominarás. Escúchame y comprende.
En sus limbos mi alma quizá recuerde algo,
Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos
Tendrán razón al fin, y habré vivido
Luis Cernuda, Como quien espera al alba
Mañanas de domingo. El olor a café y bollos recién hechos inundándolo todo. Un buen libro, flores recién abiertas, el calor de su cuerpo junto al tuyo, las risas compartidas, las hojas en el pelo… La luz de la mañana es un presagio breve de lo que nos espera.
Son las “pequeñas cosas”, los “pequeños placeres”; esos que no son dignos de epopeyas, ni elegías, ni sinfonías, ni liras, ni sonetos. Son las huellas humildes de la vida, las sencillas recetas de lo cotidiano, que, en algunos momentos, nos acercan a la certeza de sabernos vivos, plenos, e incluso necesarios.
Cuando un artista crea, un mundo nuevo nace. Toda obra de arte es un acto de entrega que roza lo divino. Lo sabían los griegos, lo llamaban “poiesis” (ποίησις:creación), y de ahí la poesía. Todo arte es poesía (visual, olfativa, táctil, auditiva…), y por eso, cuando el fruto maduro del arte llama a las puertas de nuestros corazones, lo recibimos con ansia, con júbilo, a veces con recelo, pero siempre con una enorme espectación.