Noche de reyes
Lunes, 4 de Enero de 2010Hoy, víspera de la noche de reyes, quiero rescatar este texto que publiqué el año pasado. Y lo hago por varias razones: porque está inspirado en un poema de mi admirado Miguel Hernández, al que leí por primera vez en una edición prohibida que mi padre guardaba celosamente; porque es una historia basada en hechos reales, sometidos a la libertad creativa, que cuenta una verdad que nunca debió ocurrir pero ocurrió; y porque creo que recordar a los que nos precedieron no es demagogia: es amor, y reparación y merecido homenaje.
El 2 de Enero de 1937, Miguel Hernández publicó este poema en la revista Ayuda. Semanario de Solidaridad, num 36.
Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.
Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.
Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.
Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.
Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.
Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.
Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.
Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.
Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.
Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.
Son las primeras navidades de la guerra. Una joven miliciana vestida de enfermera sale del Hospital de sangre donde presta sus servicios, la noche de reyes del 37. Camina por su Madrid ahora desolado, entre carteles, proclamas y luces apagadas. Respira el aire de la calle, impregnado de pólvora, para intentar olvidar el olor a cloroformo y sangre seca que se ha pegado a su ropa y a su ánimo. Al llegar a su portal la saluda un miliciano que hace la ronda en su calle. Ricardito, el niño de la portera, está sentado en la escalera con rostro triste y churretes de haber llorado lo suyo… Ella le revuelve los cabellos con sus manos frías. ” ¿Qué te pasa criatura?” El niño balbucea entre hipos. “Nada, que dice mi padre que a Madrid no van a venir los Reyes porque es zona republicana…” Por Dios qué barbaridades dice don Anselmo. Sube las escaleras lentamente y al llegar al rellano de su puerta palpa, junto a las llaves, una chocolatina…Esa que esta mañana le dio aquel brigadista con la cara llena de pecas, (el irlandés lo llamaban), herido en una pierna. Vuelve sobre sus pasos. Ya no hay nadie. En el pequeño ventanuco de la portería se distinguen unos zapatos gastados. Junto a ellos deja la chocolatina. “Ya sólo faltaría que hasta los Reyes Magos se unieran también al movimiento…” Sonríe satisfecha. Ya en su lecho se arrebuja entre las sábanas y piensa, por un momento, que tal vez mañana los reyes de oriente hayan decidido regalarles la paz y la esperanza.
A mi abuela, que me legó recuerdos como éste, y a todas aquellas mujeres que, durante aquellos difíciles días, intentaron paliar el sufrimiento inútil de aquellos niños de la guerra que, entre bombas, consignas y canciones, ejercían su derecho a creer en la magia, y a ser absurdamente felices e inocentes…

