Archivo de la categoría "Relatos"

El don de la palabra (II)

Viernes, 7 de Mayo de 2010

A mi abuela, que me enseñó el valor de la palabra…

La pequeña escritora lloró. Se había cansado de emborronar las hojas tristes de su cuaderno para que nadie las leyera. ¡Nunca más volvería a escribir! Era una decisión irrevocable, (o casi…). Así se lo anunció a su madre mientras ésta, que pelaba patatas en la cocina con aire distraído, asentía con gravedad fingida a sus preguntas. “Pero cariño,-le dijo suavemente- por mucho que te empeñes, tú nunca podras dejar de escribir”. ” ¿Y tú por qué lo sabes?”- preguntó la pequeña con tono retador. La madre la miró- con esa mirada que sólo saben poner las madres y que despeja todas nuestras posibles dudas y hace que se evaporen nuestros profundos miedos- y dijo con su voz de madre sabia: “Porque tú, pequeña mía, naciste con el don de la palabra.” ” ¿Y eso es malo mamá?” ” Bueno, como todos los dones tiene su parte buena y su parte mala. Lo que sí sé es que no puedes renunciar a él porque forma parte de lo que tú eres.”
Pasaron los años, y a pesar de que a veces le fallaron las fuerzas y quiso abandonar su vocación de escribir; a pesar de que durante largos períodos de tiempo atravesó desiertos de inactividad creadora y caminó sin rumbo por los páramos de la desilusión ; a pesar de que el silencio fue durante años la única respuesta; a pesar de que todo parecía ponerse en contra, ella siguió andando con sus manos vacías y su viejo cuaderno lleno de palabras.
Los vientos soplaron y agitaron con fuerza su nave hasta hacerla zozobrar. Gritó fuerte: “ ¡Miradme! ¡Escuchadme! ¡Estoy aquí! ¿Es que nadie puede pararse un momento?”
Aprendió a no esperar nada de los rostros grises que poblaban el mundo; a no buscar el éxito, sino la satisfacción y la autenticidad; y a contestar siempre lo mismo, cuando aquellos que se empeñaban en ningunearla le preguntaban por qué seguía llenando incansablemente las gastadas hojas de su cuaderno : “Es que yo, tengo el don de la palabra…”

Madre ternura

Viernes, 30 de Abril de 2010

Campo de los Almendros. Albatera. Alicante.1939.

“Mi niñito chiquito no tiene cuna.
Su mamá , que le quiere, le va a hacer una…”.
Canción de cuna popular
.

Mece, madre, a tu hijo,
en el rumor del sueño.
Envuélvele de amor,
protégele del mundo.
Mece, madre, a tu hijo.
Cobíjale en tu seno.
Escucha su silencio,
conjuro de la muerte.
Mece, madre, a tu hijo,
en medio de los gritos,
en medio de la sangre,
en medio de las balas…
Mece, madre, a tu hijo,
y siente su latido,
como la única forma
posible de esperanza.

“Hoy quisiera llorar un llanto largo, como una lluvia lenta y bienhechora. Una lluvia que lo limpiara todo: el horror, el dolor… ¡Sí! Sobre todo el dolor. El dolor de los vencidos, de los desahuciados, de los sin patria, de los sin nombre, de los “parias de la tierra”. Hoy quisiera llorar por tantas cosas…Pero no tengo lágrimas. Todo a mi alrededor es un cuadro dantesco: los hombres mutilados, los niños ateridos, las madres desoladas, las balas asesinas… ¡Me estoy quedando ciega, deslumbrada, por tanto sufrimiento!
Y sólo te veo a ti, mi niña, mi pequeña. Abrazada a mi pecho te protejo del miedo, te inundo de ternura. No sé cómo apartarte de tantas penurias, de tanto infortunio. Yo quise un mundo nuevo, para ti, para todas… Las mujeres libres, dueñas de su destino, sonriendo al mañana. El futuro era nuestro, ¡teníamos tantos sueños, tantas esperanzas! Íbamos siempre firmes, con el paso resuelto, con la cabeza alta… Pero ahora, hija mía, ya no tenemos sueños, tan sólo pesadillas. Nos lo han quitado todo, nos han amordazado, nos han humillado. “Tendréis envidia a los muertos”, nos dijeron. ¡Los muertos! ¿Y qué somos nosotros? Muertos en vida, cadáveres errantes, jirones, pedazos, restos… Rotos, olvidados, abandonados a nuestra suerte, o mejor dicho, a nuestra desgracia.”
La memoria herida,ed. Bubok

Noche de reyes

Lunes, 4 de Enero de 2010

Hoy, víspera de la noche de reyes, quiero rescatar este texto que publiqué el año pasado. Y lo hago por varias razones: porque está inspirado en un poema de mi admirado Miguel Hernández, al que leí por primera vez en una edición prohibida que mi padre guardaba celosamente; porque es una historia basada en hechos reales, sometidos a la libertad creativa, que cuenta una verdad que nunca debió ocurrir pero ocurrió; y porque creo que recordar a los que nos precedieron no es demagogia: es amor, y reparación y merecido homenaje.

El 2 de Enero de 1937, Miguel Hernández publicó este poema en la revista Ayuda. Semanario de Solidaridad, num 36.

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

Son las primeras navidades de la guerra. Una joven miliciana vestida de enfermera sale del Hospital de sangre donde presta sus servicios, la noche de reyes del 37. Camina por su Madrid ahora desolado, entre carteles, proclamas y luces apagadas. Respira el aire de la calle, impregnado de pólvora, para intentar olvidar el olor a cloroformo y sangre seca que se ha pegado a su ropa y a su ánimo. Al llegar a su portal la saluda un miliciano que hace la ronda en su calle. Ricardito, el niño de la portera, está sentado en la escalera con rostro triste y churretes de haber llorado lo suyo… Ella le revuelve los cabellos con sus manos frías. ” ¿Qué te pasa criatura?” El niño balbucea entre hipos. “Nada, que dice mi padre que a Madrid no van a venir los Reyes porque es zona republicana…” Por Dios qué barbaridades dice don Anselmo. Sube las escaleras lentamente y al llegar al rellano de su puerta palpa, junto a las llaves, una chocolatina…Esa que esta mañana le dio aquel brigadista con la cara llena de pecas, (el irlandés lo llamaban), herido en una pierna. Vuelve sobre sus pasos. Ya no hay nadie. En el pequeño ventanuco de la portería se distinguen unos zapatos gastados. Junto a ellos deja la chocolatina. “Ya sólo faltaría que hasta los Reyes Magos se unieran también al movimiento…” Sonríe satisfecha. Ya en su lecho se arrebuja entre las sábanas y piensa, por un momento, que tal vez mañana los reyes de oriente hayan decidido regalarles la paz y la esperanza.

A mi abuela, que me legó recuerdos como éste, y a todas aquellas mujeres que, durante aquellos difíciles días, intentaron paliar el sufrimiento inútil de aquellos niños de la guerra que, entre bombas, consignas y canciones, ejercían su derecho a creer en la magia, y a ser absurdamente felices e inocentes…

El árbol(II)

Jueves, 19 de Noviembre de 2009


Ilustración de Ana C. Martín

El viento del otoño azotaba sin tregua las ramas del árbol. Por mucho que éste se empeñaba, nada podía contra la fuerza de aquel soplo que le despojaba cruelmente de su bello manto de hojas amarillentas. Le gustaba especialmente el abanico de colores que se mezclaban en su copa al llegar septiembre: del marrón al amarillo, pasando por el rojo, el ocre, el sepia y alguna pincelada tímida de un verde que se resistía a ceder su terreno. ¡Pero duraba tan poco aquella fiesta de colores otoñales!… El viento de octubre se había llevado una vez más su abrigo estival, y tan sólo una hoja conseguía sostenerse soportando aquel vaivén incesante.
¡Cuántas veces los vientos del otoño sacuden nuestras vidas empeñados en llevarse todo lo que quedó caduco, el equipaje que ya no nos sirve, el absurdo fardo de lo irrecuperable! Y nosotros, como la irreductible hoja del árbol , nos aferramos a lo que fuimos por miedo a lo que nos depara el largo invierno, sin ser capaces de confiar en el eterno ritual de renacimiento que nos regalará la primavera…

Enredando Historias.Antología de relatos breves.

Escríbeme a la tierra

Lunes, 29 de Junio de 2009


A mi tía Eloísa, que no tuvo una tumba donde llorar…

“(…)escríbeme a la tierra
que yo te escribiré”
Miguel Hernández

(I)

Los álamos han traído los nombres de los muertos.
Son muertos olvidados, sepultados …
sin nombre y sin memoria.
( II )

Aquella noche soñé mucho. Me costó conciliar el sueño y cuando por fin lo hice , imágenes extrañas poblaron mi mente. Vi a Domingo y a Julián vestidos de traje, repeinados y perfumados dispuestos a salir. Yo estaba cosiendo, como siempre, sentada en la salita, mientras madre- de riguroso luto- contaba las cuentas del rosario. Nos dijeron adiós y al darse la vuelta para salir, comprobé que sus chaquetas estaban manchadas de tierra. Intenté avisarles para que no salieran así, pero no podía moverme ni articular palabra alguna. La siguiente escena que recuerdo fue la de dos lápidas sin nombre en el viejo cementerio del pueblo. Mi madre y yo arrodilladas, llorando sin consuelo. Me desperté sobresaltada, bajé a la cocina presa de una profunda e inexplicable angustia que oprimía mi pecho. Allí estaban todos, desayunando tranquilamente, como si nada fuera a pasarles nunca, como si mis terribles sueños y mis presagios oscuros no fueran más que tonterías … Domingo reía, con esa risa suya que lo inundaba todo. “Que no madre, que no. Que son miedos infundados que tiene usted. Nosotros no le hemos hecho daño a nadie. Es verdad que tenemos nuestras ideas y que nuestras ideas no les gustan a todos los del pueblo, pero eso es todo. Ya verá como no llega la sangre al río.” Y ahora, con el tiempo pasado, yo me pregunto: ¿cuánta sangre puede llegar a contener un río sin desbordarse?, ¿cuánta sangre puede regar la tierra?, ¿cuánta sangre en las tapias, en las cunetas, en los escombros, en los caminos?
Una semana después se los llevaron. Fue una mañana plomiza de septiembre. No volvimos a verlos nunca. Ni siquiera sus cuerpos. Para reconocerlos, para llorarlos, para poder descansar en paz… La guerra acabó, pero nosotras no pudimos enterrar a nuestros muertos. Habíamos perdido, eso podíamos asumirlo. Pero la ira, la rabia, la venganza, el terror generalizado bajo el beneplácito del nuevo régimen, eso no podíamos comprenderlo. Estábamos solas. Enterradas en vida. Condenadas al silencio, a la humillación, a la infamia.
Han pasado los años y todo el mundo parece haberse empeñado en olvidar, o en hacer como que olvida. Pero cada septiembre los álamos del bosque que rodea nuestro pueblo, mecidos por la brisa que presagia el otoño, traen el eco lejano de sus nombres: Domingo… Julián…Domingo…Julián…Y como una plegaria, elevan al cielo sus ramas y dejan caer algunas hojas… como un llanto suave sobre la tierra.

La puerta (II)

Sábado, 23 de Mayo de 2009


“A todos los que, con sus risas y sus palabras, me han anclado al presente y a la certeza”

Llevaba mucho tiempo llamando a aquella puerta que nadie abría. Tanto, que ni siquiera se había percatado de que dentro no había luz, ni atisbo alguno de vida. Las ventanas permanecían cerradas y el polvo del olvido lo cubría todo. Se sentía huérfana, abandonada, perdida. Acurrucada en aquella puerta , empeñada en aferrarse a las ruinas de un pasado irrecuperable, se dejó envolver por la ceguera y , durante un tiempo, no fue capaz de ver que, frente a ella, una casa nueva, invadida por la luz, las risas y la vida, abría las ventanas para que ella mirase.
Por fin un día abrió los ojos. En medio de la espesa niebla que la envolvía, pudo vislumbrar una luz que se abría paso a duras penas para llegar a ella y acariciar su piel dormida. Consiguió acostumbrar sus ojos ciegos a aquella luz, y, poco a poco, fue dibujando los contornos de una puerta entreabierta por la que se colaba un resplandor dorado.
Se acercó lentamente y, a medida que se adentraba en el umbral, pudo sentir todo aquello a lo que, sin saberlo, había renunciado por su obcecación: la cálida presencia de las cosas presentes; el aliento tenue de la vida que late; el acogedor abrazo de la certeza.

Madre ternura

Lunes, 4 de Mayo de 2009

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Campo de los Almendros. Albatera. Alicante.1939.

Mi niñito chiquito no tiene cuna.
Su mamá , que le quiere, le va a hacer una….
Canción de cuna popular
.

Mece, madre, a tu hijo,
en el rumor del sueño.
Envuélvele de amor,
protégele del mundo.

Mece, madre, a tu hijo.
Cobíjale en tu seno.
Escucha su silencio,
conjuro de la muerte.

Mece, madre, a tu hijo,
en medio de los gritos,
en medio de la sangre,
en medio de las balas…

Mece, madre, a tu hijo,
y siente su latido,
como la única forma
posible de esperanza.

“Hoy quisiera llorar un llanto largo, como una lluvia lenta y bienhechora. Una lluvia que lo limpiara todo: el horror, el dolor… ¡Sí! Sobre todo el dolor. El dolor de los vencidos, de los desahuciados, de los sin patria, de los sin nombre, de los “parias de la tierra”. Hoy quisiera llorar por tantas cosas…Pero no tengo lágrimas. Todo a mi alrededor es un cuadro dantesco: los hombres mutilados, los niños ateridos, las madres desoladas, las balas asesinas… ¡Me estoy quedando ciega, deslumbrada, por tanto sufrimiento!
Y sólo te veo a ti, mi niña, mi pequeña. Abrazada a mi pecho te protejo del miedo, te inundo de ternura. No sé cómo apartarte de tantas penurias, de tanto infortunio. Yo quise un mundo nuevo, para ti, para todas… Las mujeres libres, dueñas de su destino, sonriendo al mañana. El futuro era nuestro, ¡teníamos tantos sueños, tantas esperanzas! Íbamos siempre firmes, con el paso resuelto, con la cabeza alta… Pero ahora, hija mía, ya no tenemos sueños, tan sólo pesadillas. Nos lo han quitado todo, nos han amordazado, nos han humillado. “Tendréis envidia a los muertos”, nos dijeron. ¡Los muertos! ¿Y qué somos nosotros? Muertos en vida, cadáveres errantes, jirones, pedazos, restos… Rotos, olvidados, abandonados a nuestra suerte, o mejor dicho, a nuestra desgracia.”
La memoria herida,ed. Bubok

Día del libro

Jueves, 23 de Abril de 2009

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En realidad no debería haber un día del libro para los que amamos la lectura. Para muchos leer es como respirar. Forma parte de nuestras constantes vitales: respiramos, leemos; nuestro corazón late, leemos. Pero, puesto que lo hay, aprovechemos para transmitir a los que nos rodean nuestro amor por los libros.
Ver Presentación audiovisual Día del libro. Y si tenéis tiempo y os apetece aquí os dejo Salvad los libros, una historia de dignidad y valentía que tiene mucho que ver con el amor a los libros como transmisores de cultura y arraigo familiar.

Mirando a España.

Lunes, 16 de Marzo de 2009

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A Dalia Álvarez Molina, que me contó esta historia. A sus abuelos Lola y Juanel, queridísimos amigos de los míos,y a su madre, Aurora, que es testigo vivo de aquellos tiempos convulsos.

Una vez al año, coincidiendo con el inicio de las vacaciones de verano, Julia y su familia, junto con otras familias de exiliados, viajaban a Hendaya.
No habían elegido aquel destino estival por sus monumentos, ni por sus hermosas playas, ni por su interés histórico o artístico. La razón era meramente sentimental, incluso “estratégica”, según se mirara: era el último pueblo de la frontera, ese muro invisible y doloroso que les separaba de sus raíces, de su pasado, de su identidad.
Desde allí podían ver las playas de Hondarribia, mantener el vínculo, nutrirse de recuerdos y de melancolías. Allí llevaban a sus hijos y a sus nietos para que no olvidaran de dónde procedían y cuál era el lugar al que debían volver. Porque ellos volverían, algún día, no sabían cuándo, pero volverían. Nunca deshicieron del todo su equipaje, nunca llegaron a echar raíces, nunca renunciaron al regreso.
Aquella era su estrategia de supervivencia: mirar a España; asegurarse de que seguía allí, esperándolos, aguardándolos para acogerlos de nuevo en su seno, para arroparlos en el supremo trance de la muerte.
Después de tantos años, morir en España era la única razón para seguir viviendo.

La memoria herida, ed. Bubok

La memoria herida: “Un día de verano”

Domingo, 15 de Febrero de 2009

Este relato está basado en hechos reales. Siempre me pareció interesante reconstruir la memoria con anécdotas, y me preguntaba qué planes tenían las personas para aquel aciago verano del 36. La ruptura de la cotidianeidad, de la vida común, parece poco, pero forma parte de aquella tragedia histórica. Yo transmito lo que me contaron los míos, con mucho de verdad y algo de literatura…

Habían hecho muchos planes para aquel 18 de julio. Conchita y su hermano Guillermo llegarían a buscarla pronto, y juntos irían al Retiro. Era una pena que no viniera Elena, la catalana; pero la joven maestra había preferido pasar el verano en el pueblo donde tenía su destino. Allí los estarían esperando Rafita y Fernando, que ya tendrían cogido el sitio en la cola para alquilar las barcas. Después comerían unos bocadillos y se reunirían con el resto en el Ateneo. Era un estupendo plan para un cálido sábado de verano.
Pero nada salió como habían planeado: Rafita, con sus alpargatas y su camisa blanca se fue a tomar el Cuartel de la Montaña con otros compañeros del sindicato; Fernando pasó todo el día en la sede del partido, en Fuencarral; Guillermo y Conchita no salieron de casa porque su padre, monárquico convencido, cerró la puerta con llave y dijo que una cosa era jugar a ser revolucionario, y otra muy distinta, irse a serlo de verdad.
¡Qué insólito día de verano! Tenían veinte años y toda una vida por delante…Pero aquella mañana el aire trajo un extraño olor a muerte. En tan solo unas horas, el verano dejó de ser verano y un viento gélido heló sus corazones.
Sus vidas se precipitaron al vacío. Fueron engullidos por el vertiginoso túnel de la historia: la hoz, el martillo, el puño, la bandera rojinegra, los panfletos, las proclamas, las reuniones… Soldados improvisados, enfermeras improvisadas, resistentes improvisados… “A las barricadas”, “Ay Carmela”, “El ejército del Ebro”, “Puente de los Franceses”… ¡No pasarán!, ¡No pasarán!… ¡Y vaya si pasaron! Llegaron con sus báculos, sus águilas, sus yugos y sus flechas. Todo se oscureció. Se acabaron los ateneos, las casas del pueblo, los libros, las revistas, las discusiones políticas, los sueños de libertad. Iban a pagar cara su osadía, sus deseos de cambio, sus ventanas abiertas.
Había llegado la hora de la venganza. Algunos habían conseguido huir, pero ella, con un niño de pecho, una madre enferma y su compañero desaparecido, ¿dónde podía ir? No podía sino aguardar, dejar pasar el tiempo, aferrarse a la esperanza y al instinto de supervivencia. Tal vez no fuera suficiente, pero era lo único que le quedaba. ¿Y es que acaso no hibernaban muchos animales, esperando así el regreso de la primavera?

La memoria herida,ed. Bubok