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De Nanas, memoria y centenarios…

Miércoles, 10 de Marzo de 2010

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En el colegio de Pablo, mi hijo, celebran el centenario de Miguel Hernández. Todo orgulloso le cuenta a su abuelo, mi padre, que Miguel Hernández le escribió a su hijo las ” Nanas de la cebolla” mientras estaba en la cárcel. Mi padre, su abuelo, dejándose llevar por el entusiasmo del nieto, coge un libro de pastas blancas y le dice en tono de camaradería y confidencia: ” Mira, a mí mi padre también me dedicó poemas desde la cárcel.“Nanas del hijo ausente”, toma lee”. El hombre y el niño, salvando los muchos años que les separan, comparten, por un momento, el sagrado misterio de la poesía. Entonces mi hijo, su nieto, que sólo tiene ocho años, se pone muy serio y añade:” menos mal que tú has sido bueno y no has tenido que ir a la cárcel para escribirle nanas a mamá”. El abuelo, mi padre, balbucea una escusa y deja un momento a su nieto, mi hijo, con su libro, Miguel Hernández para niños, abierto entre las rodillas.

Hace mucho, mucho, que no veía llorar a mi padre. Mientras él llora su dolor de hijo ausente, yo me acerco sin miedo a su nieto, mi hijo, y le dejo que me pregunte. “A la cárcel van los malos, mamá, los que cometen delitos”. Él siempre tan redicho, en la profunda seriedad de sus recién estrenados ocho años. “No hijo, no siempre…” Y entonces me dispongo a contarle que hubo un tiempo de horror y venganza, donde los hombres como Miguel Hernández, y como su bisabuelo Manuel, iban a la cárcel por otras razones: por ser leales a sus ideas, por no claudicar, por no permitir que su palabra se tergiversara, por ayudar a otros como ellos a difundir ideas que ahora son muy normales, por querer que sus nietos y los hijos de sus nietos vivieran con dignidad, justicia y trabajo. Hablamos de las dictaduras, de los años grises, de los juicios injustos y las condenas revanchistas.Se lo cuento todo con lenguaje sencillo, con ejemplos cercanos a su mundo infantil. La guerra de las galaxias le ha servido muy bien para entenderlo todo. Miguel Hernández no fue sólo un poeta, fue un hombre que pagó con la vida su férrea convicción de hombre del pueblo. Pudieron haber dicho sí al nuevo régimen, aceptar, claudicar….nadie se lo hubiera echado en cara: sobrevivir es un acto de profunda humanidad. Pero no lo hicieron. No querían ser héroes, ni mártires, pero eligieron el camino más duro. Y les escribieron nanas a sus hijos desde celdas frías y muros eternos. Y no pudieron restañar sus heridas viéndolos crecer al abrigo del fuego, en una España donde debieran haber cabido todos.

Las nuevas generaciones tienen el derecho y la obligación de saber la verdad , el por qué , y no escuchar incrédulos que M.Hernández murió en la cárcel, tuberculoso. Algo debió hacer, pensarán inocentes…( “Él se lo ha buscado” dicen que murmuró su padre al saber de su muerte). Mientras la duda anide en los ojos de los niños al escuchar historias como la de Miguel Hernández, o la de mi abuelo, aún nos quedará mucho por hacer, aunque a algunos les pese y les incomode. No callaremos más, no nos disculparemos más, no nos esconderemos más, no queremos más cajones cerrados, ni más historias olvidadas, ni más silencios.

Así que hoy hemos gritado al viento la historia del abuelo Manuel, que estuvo en la cárcel y fue un hombre digno, y bueno, y no hizo nunca nada de lo que sus descendientes debamos avergonzarnos; y la historia de Miguel Hernández Gilabert, miliciano republicano, comunista, poeta y hombre, al fin y al cabo, con sus grandezas y sus miserias, con sus miedos y sus decisiones. Y mi padre, su abuelo, ya no llorará más escondido en el baño, todo el dolor que le acompaña desde niño y que intenta superar , día a día , desde que, por primera vez, un lejano día de invierno de 1947, con tan sólo dos años, empezó a visitar los penales donde su padre se dejaba la vida y la esperanza.

Y les hemos rendido nuestro particular homenaje: leyendo sus poemas, hablando de sus ideales, y de cuánto hubieran disfrutado viendo a sus nietos y bisnietos yendo a la escuela,aprendiendo poemas y sintiéndose libres; y no teniendo miedo, ni vergüenza. Y les hemos dado las gracias por sus nanas, su compromiso y el amor que nos legaron en sus palabras. E invitamos a todos a unirse a este homenaje, desde la libertad y el derecho a expresar nuestras ideas y a desear un futuro mejor, ese derecho que una vez no fue y del que ahora ( aunque haya a quien le duela, nostálgico de un régimen donde vivió feliz y resguardado) gozamos todos.

Noche de reyes

Lunes, 4 de Enero de 2010

Hoy, víspera de la noche de reyes, quiero rescatar este texto que publiqué el año pasado. Y lo hago por varias razones: porque está inspirado en un poema de mi admirado Miguel Hernández, al que leí por primera vez en una edición prohibida que mi padre guardaba celosamente; porque es una historia basada en hechos reales, sometidos a la libertad creativa, que cuenta una verdad que nunca debió ocurrir pero ocurrió; y porque creo que recordar a los que nos precedieron no es demagogia: es amor, y reparación y merecido homenaje.

El 2 de Enero de 1937, Miguel Hernández publicó este poema en la revista Ayuda. Semanario de Solidaridad, num 36.

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

Son las primeras navidades de la guerra. Una joven miliciana vestida de enfermera sale del Hospital de sangre donde presta sus servicios, la noche de reyes del 37. Camina por su Madrid ahora desolado, entre carteles, proclamas y luces apagadas. Respira el aire de la calle, impregnado de pólvora, para intentar olvidar el olor a cloroformo y sangre seca que se ha pegado a su ropa y a su ánimo. Al llegar a su portal la saluda un miliciano que hace la ronda en su calle. Ricardito, el niño de la portera, está sentado en la escalera con rostro triste y churretes de haber llorado lo suyo… Ella le revuelve los cabellos con sus manos frías. ” ¿Qué te pasa criatura?” El niño balbucea entre hipos. “Nada, que dice mi padre que a Madrid no van a venir los Reyes porque es zona republicana…” Por Dios qué barbaridades dice don Anselmo. Sube las escaleras lentamente y al llegar al rellano de su puerta palpa, junto a las llaves, una chocolatina…Esa que esta mañana le dio aquel brigadista con la cara llena de pecas, (el irlandés lo llamaban), herido en una pierna. Vuelve sobre sus pasos. Ya no hay nadie. En el pequeño ventanuco de la portería se distinguen unos zapatos gastados. Junto a ellos deja la chocolatina. “Ya sólo faltaría que hasta los Reyes Magos se unieran también al movimiento…” Sonríe satisfecha. Ya en su lecho se arrebuja entre las sábanas y piensa, por un momento, que tal vez mañana los reyes de oriente hayan decidido regalarles la paz y la esperanza.

A mi abuela, que me legó recuerdos como éste, y a todas aquellas mujeres que, durante aquellos difíciles días, intentaron paliar el sufrimiento inútil de aquellos niños de la guerra que, entre bombas, consignas y canciones, ejercían su derecho a creer en la magia, y a ser absurdamente felices e inocentes…

Hablando con Marcos Ana.

Jueves, 17 de Diciembre de 2009

1226395180_0.jpgPara Armando, una fría mañana de diciembre…

Es una fría mañana de diciembre. Llueve en Madrid y la humedad se siente en cada hueso. Pero cuando Marcos Ana nos abre hospitalariamente la puerta de su casa, siento un cálido aliento y pienso que ha llegado por fin la primavera. Escucharlo es un lujo, paladear lentamente sus palabras, su verbo fluido, lúcido, sereno; su profunda humanidad, su cercanía. Habla con la sensatez y la quietud de un hombre sabio pero con la pasión de un joven idealista que no ha perdido el rumbo, mirando siempre al sur y a la utopía… Sabe bien dónde va pero, sobre todo, sabe muy bien de dónde viene. No mira al pasado con rencor ni con ira, sino con una temblorosa emoción. Y mira al futuro, tiene fe en el futuro, en los jóvenes, en la vida que se abre paso, en los árboles que brotarán y crecerán de las semillas que él y otros como él, plantaron con esfuerzo y con esperanza, esperanza en un mundo mejor que aquel que les tocó vivir.
Nos dejamos llevar por su conversación amena, interesante, distendida, plena de contenido y continente; desnuda de retórica y de engolada pedantería. Y al final un abrazo, fuerte, sincero, sentido.Y abrazándolo a él nos hemos reencontrado y abrazado dos generaciones. Abrazándolo a él he abrazado a mi abuelo, le he dado aquel abrazo que nunca pude darle, le he sentido llegar desde muy lejos para hacerme saber que ha merecido la pena, que su lucha no fue completamente en vano, que no perdió la juventud, la vida y la alegría por una absurda e imposible quimera de justicia y libertad.
Gracias Marcos, gracias abuelo, gracias a todos aquellos hombres que, con su fraternidad y su inquebrantable voluntad nos legaron un ejemplo y un báculo en el que apoyarnos cuando todo parece desmoronarse.

Escuchar entrevista con Marcos Ana para el programa Olvida tu equipaje.

El derecho a la memoria

Domingo, 8 de Noviembre de 2009

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Foto familiar: mi abuela Carmen, mi tío Rafael y sus padres en el domicilio familiar. Año 1942.

Vivimos en un país donde tener memoria es síntoma de rencor, y donde pasar página y enterrar el pasado es la actitud general que se ha venido propiciando desde todos los ámbitos: político, social y familiar. A pesar de todo hay quien se niega a olvidar por diferentes motivos: por lealtad a la verdad histórica, por lealtad a sus familiares represaliados, por lealtad a los valores universales de justicia y reparación… Muchas pueden ser las razones que nos llevan a muchos ( hijos y nietos de republicanos, historiadores, escritores, intelectuales) a empeñarnos en rescatar la historia de una ignominia que duró nada menos que cuatro décadas. Las voces amuralladas durante aquella etapa nunca fueron escuchadas como realmente se merecían. Para ellos no hubo mausoleos, ni calles, ni estatuas. Como garantía de lo que ellos creían un futuro en paz y libertad para sus nietos, decidieron callar y no pedir justicia.
Les arrebataron el último de sus derechos: el derecho a la memoria.
Es por eso que yo creo firmemente en la necesidad de reivindicar ese derecho. Y lo haré , aunque nadie me escuche, aunque mi voz sea sólo la ceniza, aunque me quede sola gritando en un desierto , entre dunas de sal y de silencio. No callaré, no abandonaré mientras su recuerdo, su legado, su utopía, formen parte de mí. Nada espero, porque ellos, al final, ya nada esperaban. Aquí dejo mi voz,mis palabras de humo y piedra, y mi profundo amor, que es lo que , en el fondo, alimenta la memoria y el recuerdo de los que ya no están.
Dibujando la memoria

Los imprescindibles

Jueves, 17 de Septiembre de 2009

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Hay hombres que luchan un día y son buenos;
hay otros que luchan un año y son mejores;
hay quienes luchan muchos años y son muy buenos;
pero los hay que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles…”

B. Bretch

Ellos, los que tanto amé, los que me educaron, los que apretaban mi mano fuerte cuando había que cruzar una calle, fueron de esos, de los imprescindibles. De los que, a pesar de los contratiempos y las penurias, no cayeron casi nunca en la desesperanza. De los que creyeron que la justicia era posible, pero, sobre todo, era necesaria, irrenunciable.
Podrían haberse rendido, haber engrosado las nutridas filas de los desencantados, de los cínicos o de los misántropos sin remedio. Razones no les habrían faltado… Podrían haberse dejado llevar por la corriente, no significarse, no rebelarse, no enfrentarse a los que tenían la sarten por el mango, esgrimiendo tan sólo su palabra.
Pero gracias a ellos, los imprescindibles, muchos de ellos anónimos para siempre en su grandeza, la historia avanza. No tienen miedo al fracaso y son humildes cuando les acompaña la victoria. No se regodean en sus éxitos porque, entre otras razones, casi nunca llegan a verlos. Porque a ellos, los imprescindibles, no les mueven el poder ni la gloria, ni tienen escondidos intereses personales. Son pocos, muy pocos, pero cambian las cosas, las empujan día a día para que sea posible su sueño visionario de un mundo mejor. Saben que nunca es fácil y que sembrar la semilla es lo importante, aunque sean otros los que paladeen el fruto.
Por eso me niego a que se les entierre dos veces. A que se ponga sobre ellos la lápida más triste y menos merecida: la lápida del olvido (triste, fría, injusta).
Cuando se acerca algún aniversario, en este caso el de la muerte de mi abuela, pienso en ellos, los traigo junto a mí, recuerdo sus palabras, su legado de dignidad y bonhomía, sus valores humanistas, sus sabios consejos para andar por la vida, sus pequeñas manías, sus pequeñeces , sus bobadas , sus despistes, sus torpezas, y ese dolor tan grande que nunca terminaron de comprender del todo y que es parte de nuestra historia, tan dolorosa, tan triste, tan infame…
Para ella, para los que venís hasta este rincón de palabras transcribo un texto de mi abuelo, Manuel de la Peña, que ilustra mi divagación. Por ellos, para ellos, los imprescindibles.

SOLILOQUIO
Amar a la humanidad, esa es tu enseña. ¿Por qué te asusta la soledad? ¿Es que ya no hay quien crea en tu amor? Cuando el dolor de los demás llama a tus puertas, angustiosamente, ¿por qué las abres de par en par? ¿por qué llamas a la piedad en su defensa?
Si cada vez que entablas tu gran pelea contra la mezquindad una voz interior te dice “¿por qué sigues?, no insistas, párate, no merece la pena…” Si “amaos entre vosotros” es la única ley sagrada que quisieras digna y eterna, y como tal la aceptas… ¿por qué sientes que todo es en vano, por qué sufres , por qué insistes, pobre loco soñador , en que amar a la humanidad sea tu enseña?
Si al final serán tan sólo la incomprensión y la ingratitud las que acusen recibo a tus ofrendas, ¿por qué sigues creyendo en ese amor?
Sí dile adiós para siempre a esa utopía, a esa ilusión de un mundo más humano, más libre…Olvida, hay que olvidar. Y si puedes recuerda que hubo un hombre que murió en una cruz, tan sólo por pedir paz en la tierra
Madrid, 1956 (este borrador dio lugar más tarde a un poema que forma parte de Poemario a dos voces y que recibió el mismo título)

Escríbeme a la tierra

Lunes, 29 de Junio de 2009


A mi tía Eloísa, que no tuvo una tumba donde llorar…

“(…)escríbeme a la tierra
que yo te escribiré”
Miguel Hernández

(I)

Los álamos han traído los nombres de los muertos.
Son muertos olvidados, sepultados …
sin nombre y sin memoria.
( II )

Aquella noche soñé mucho. Me costó conciliar el sueño y cuando por fin lo hice , imágenes extrañas poblaron mi mente. Vi a Domingo y a Julián vestidos de traje, repeinados y perfumados dispuestos a salir. Yo estaba cosiendo, como siempre, sentada en la salita, mientras madre- de riguroso luto- contaba las cuentas del rosario. Nos dijeron adiós y al darse la vuelta para salir, comprobé que sus chaquetas estaban manchadas de tierra. Intenté avisarles para que no salieran así, pero no podía moverme ni articular palabra alguna. La siguiente escena que recuerdo fue la de dos lápidas sin nombre en el viejo cementerio del pueblo. Mi madre y yo arrodilladas, llorando sin consuelo. Me desperté sobresaltada, bajé a la cocina presa de una profunda e inexplicable angustia que oprimía mi pecho. Allí estaban todos, desayunando tranquilamente, como si nada fuera a pasarles nunca, como si mis terribles sueños y mis presagios oscuros no fueran más que tonterías … Domingo reía, con esa risa suya que lo inundaba todo. “Que no madre, que no. Que son miedos infundados que tiene usted. Nosotros no le hemos hecho daño a nadie. Es verdad que tenemos nuestras ideas y que nuestras ideas no les gustan a todos los del pueblo, pero eso es todo. Ya verá como no llega la sangre al río.” Y ahora, con el tiempo pasado, yo me pregunto: ¿cuánta sangre puede llegar a contener un río sin desbordarse?, ¿cuánta sangre puede regar la tierra?, ¿cuánta sangre en las tapias, en las cunetas, en los escombros, en los caminos?
Una semana después se los llevaron. Fue una mañana plomiza de septiembre. No volvimos a verlos nunca. Ni siquiera sus cuerpos. Para reconocerlos, para llorarlos, para poder descansar en paz… La guerra acabó, pero nosotras no pudimos enterrar a nuestros muertos. Habíamos perdido, eso podíamos asumirlo. Pero la ira, la rabia, la venganza, el terror generalizado bajo el beneplácito del nuevo régimen, eso no podíamos comprenderlo. Estábamos solas. Enterradas en vida. Condenadas al silencio, a la humillación, a la infamia.
Han pasado los años y todo el mundo parece haberse empeñado en olvidar, o en hacer como que olvida. Pero cada septiembre los álamos del bosque que rodea nuestro pueblo, mecidos por la brisa que presagia el otoño, traen el eco lejano de sus nombres: Domingo… Julián…Domingo…Julián…Y como una plegaria, elevan al cielo sus ramas y dejan caer algunas hojas… como un llanto suave sobre la tierra.

Impunidad

Sábado, 13 de Junio de 2009

Nada hay más desesperanzador para el que ha sufrido que la impunidad de los culpables. Tirar la piedra y esconder la mano. Saberse a salvo de toda condena, de toda evidencia. La impunidad afecta a muchos ámbitos: se da a gran escala cuando un estado abusa de su poder totalitario sobre los ciudadanos; se da a escala más pequeña cuando un grupo somete a otro por la fuerza amparado en leyes injustas, o en el miedo, o en la propia inoperancia del sistema legal; y se da también en la vida cotidiana, cuando, parapetados, hacemos daño de forma gratuita al intuir que la otra parte no podrá defenderse, o al sentirnos en peligro sin sopesar si el peligro era tal o estábamos en un error.
En mi vida y en mi historia familiar he sentido muchas veces el zarpazo de la impunidad, ese dolor seco que nos deja el saber que no se hará justicia, que todo pasará y será polvo, nada. Que no habrá de saberse la verdad porque no hay interés en descubrirla. Aprendí de los míos que debía actuar bajo la máxima de no hacer a los demás aquello que no quiero que me hagan a mí, y nunca orquestar el dolor ajeno, ni planear una venganza. Me quiero y me respeto demasiado como para caer tan bajo. Y además no creo en la venganza por muy literaria que resulte, sólo en la justicia y la reparación, en la recuperación de la dignidad y en el reconocimiento del sufrimiento injusto, venga de donde venga.
Por eso nadie me convencerá jamás de que ceje en mi empeño, porque mirando hacia atrás sin miedo, puedo caminar cada día con dignidad.
En Portbou hay una escultura sorprendente de Dani Karaban dedicada a Walter Benjamín, filósofo alemán de origen judío que moriría allí, dicen que suicidándose,mientras huía de la barbarie que asolaba Europa.En ella el escultor recoge las palabras del filósofo: “Es tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica está consagrada a la memoria de los que no tienen nombre”.
Como dice mi querido y admirado amigo Luis Spencer, “recoger las voces de tantos y tan ricas es un deber maravilloso y muy difícil”. Porque sólo escuchando todas las voces y rescatándolas del olvido podremos construir un mundo más justo donde no tenga cabida la impunidad.

Marcos Ana

Miércoles, 3 de Junio de 2009

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Autobiografía
Mi pecado es terrible;
quise llenar de estrellas
el corazón del hombre.
Por eso aquí entre rejas,
en diecinueve inviernos
perdí mis primaveras.
Preso desde mi infancia
y a muerte mi condena,
mis ojos van secando
su luz contra las piedras.
Mas no hay sombra de arcángel
vengador en mis venas:
España es sólo el grito
de mi dolor que sueña.

Marcos Ana

Marcos Ana es un claro ejemplo de poeta autodidacta, y de superación humana en medio del dolor y la barbarie. A través de la poesía se salvó de la locura y la oscuridad de una vida y una voz amuralladas. Tras las rejas de las cárceles de Franco, hombres como mi abuelo o Marcos Ana, se aferraban a la palabra poética como fórmula de supervivencia y comunicación. No eran poetas consagrados ni intelectuales de prestigio, sólo víctimas de una represión cruel, programada por un estado totalitario, que orquestó una venganza contra todos aquellos que no levantaron el brazo de la victoria al paso de los nuevos generales. Eran hombres que amaban la poesía y la cultura, que creían en la fuerza de los versos, y habían depositado toda su esperanza en los árboles futuros, que crecerían fuera de las rejas y disfrutarían de la libertad robada.
La Universidad de Granada quiere proponerle como premio Príncipe de Asturias para que, por fin, la democracia española dé el paso que aún le falta, y reconozca y dignifique el sufrimiento de aquellos que, por mantenerse fieles a sus ideas, sufrieron primero la injusticia, y luego el olvido

Una historia…

Domingo, 17 de Mayo de 2009

“De todas las historias de la historia
la más triste, sin duda, es la de España…”
J.Gil de Biedma

Con una mano apartando apenas la cortina, Carmen miraba la calle con una profunda sensación de abatimiento. Debía estar contenta, o al menos tranquila, aliviada si acaso: la guerra había terminado, los hombres volverían a casa, la vida retomaría la rutina de las pequeñas cosas… Pero no era capaz, un gris presentimiento de desgracia infinita había anidado en ella. Fuera no paraba de llover, y un extraño invierno se había apoderado de aquella incipiente primavera.
En la radio no dejaba de sonar música militar y proclamas de victoria y optimismo. Se acabó, ya nada podían hacer por la república; moribunda ya desde hacía meses, ahora agonizaba en las fronteras de Francia y en los puertos de Alicante y San Sebastián.
Salió de casa, después de discutir con su madre sobre la conveniencia o no de hacerlo. Pero si había salido bajo las bombas y las balas… ¿por qué no ahora que se había decretado la paz? Pues por eso, hija, precisamente por eso. Y se había ido rumiando un no te fíes de nadie, envuelta en su viejo chal.
Tomó la dirección de siempre. El frío de primera hora de la mañana se le metió en los huesos y en el alma. Tres años desde que todo empezó. Tres años de muertes y pérdidas, ¿acabarían por fin? Envuelta en sus cavilaciones, más tarde que de costumbre, llegó a la esquina donde se encontraba el hospital de sangre en el que había prestado sus servicios durante aquella larga guerra. Allí había visto morir a tanta gente, y pensar que había sido para nada… De pronto, de una puerta lateral que casi no se usaba, salió un brazo que la agarró con fuerza y la obligó a meterse dentro. Antes de gritar lo miró fijamente, y comprendió que era el enfermero jefe vestido de falangista. No le dio tiempo a reaccionar, ni a preguntar, sólo le escuchó decir: “huye Carmen, huye, vete a casa, quema tus credenciales, las fotos, las cartas, quema los libros, y desaparece. No vuelvas al hospital, todas tus compañeras han sido detenidas hace unos minutos, y tienen tus datos y tu dirección.Todas estáis en el lote. No puedo decirte más. Vete, corre”
La empujó hacia fuera y cerró la puerta. Como una autómata echó a correr hacia otra calle, no podía pensar, no podía respirar, no podía comprender. Sólo correr, llegar a casa, proteger a los suyos.Tenía miedo, y no podía reflexionar con claridad, llegar a casa, llegar a casa, que no me paren, que no me pregunten, que no me reconozcan. Cuando llegó al portal subió las escaleras de dos en dos mientras su corazón luchaba por salírsele del pecho. Abrió la puerta, cerró tras ella, se apoyó en la pared mientras las lágrimas corrían por su rostro y se abrazó a su madre mientras, en la radio, se escuchaba: “españoles todos, ha estallado la paz”.

Madre ternura

Lunes, 4 de Mayo de 2009

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Campo de los Almendros. Albatera. Alicante.1939.

Mi niñito chiquito no tiene cuna.
Su mamá , que le quiere, le va a hacer una….
Canción de cuna popular
.

Mece, madre, a tu hijo,
en el rumor del sueño.
Envuélvele de amor,
protégele del mundo.

Mece, madre, a tu hijo.
Cobíjale en tu seno.
Escucha su silencio,
conjuro de la muerte.

Mece, madre, a tu hijo,
en medio de los gritos,
en medio de la sangre,
en medio de las balas…

Mece, madre, a tu hijo,
y siente su latido,
como la única forma
posible de esperanza.

“Hoy quisiera llorar un llanto largo, como una lluvia lenta y bienhechora. Una lluvia que lo limpiara todo: el horror, el dolor… ¡Sí! Sobre todo el dolor. El dolor de los vencidos, de los desahuciados, de los sin patria, de los sin nombre, de los “parias de la tierra”. Hoy quisiera llorar por tantas cosas…Pero no tengo lágrimas. Todo a mi alrededor es un cuadro dantesco: los hombres mutilados, los niños ateridos, las madres desoladas, las balas asesinas… ¡Me estoy quedando ciega, deslumbrada, por tanto sufrimiento!
Y sólo te veo a ti, mi niña, mi pequeña. Abrazada a mi pecho te protejo del miedo, te inundo de ternura. No sé cómo apartarte de tantas penurias, de tanto infortunio. Yo quise un mundo nuevo, para ti, para todas… Las mujeres libres, dueñas de su destino, sonriendo al mañana. El futuro era nuestro, ¡teníamos tantos sueños, tantas esperanzas! Íbamos siempre firmes, con el paso resuelto, con la cabeza alta… Pero ahora, hija mía, ya no tenemos sueños, tan sólo pesadillas. Nos lo han quitado todo, nos han amordazado, nos han humillado. “Tendréis envidia a los muertos”, nos dijeron. ¡Los muertos! ¿Y qué somos nosotros? Muertos en vida, cadáveres errantes, jirones, pedazos, restos… Rotos, olvidados, abandonados a nuestra suerte, o mejor dicho, a nuestra desgracia.”
La memoria herida,ed. Bubok

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