Archivo de la categoría "Rescatando la memoria"

Día de reyes. 1937

Viernes, 2 de Enero de 2009

El 2 de Enero de 1937, Miguel Hernández publicó este poema en la revista Ayuda. Semanario de Solidaridad, num 36.

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

Son las primeras navidades de la guerra. Una joven miliciana vestida de enfermera sale del Hospital de sangre donde presta sus servicios, la noche de reyes del 37. Camina por su Madrid ahora desolado, entre carteles, proclamas y luces apagadas. Respira el aire de la calle, impregnado de pólvora, para intentar olvidar el olor a cloroformo y sangre seca que se ha pegado a su ropa y a su ánimo. Al llegar a su portal la saluda un miliciano que hace la ronda en su calle. Ricardito, el niño de la portera, está sentado en la escalera con rostro triste y churretes de haber llorado lo suyo… Ella le revuelve los cabellos con sus manos frías. ” ¿Qué te pasa criatura?” El niño balbucea entre hipos. “Nada, que dice mi padre que a Madrid no van a venir los Reyes porque es zona republicana…” Por Dios qué barbaridades dice don Anselmo. Sube las escaleras lentamente y al llegar al rellano de su puerta palpa, junto a las llaves, una chocolatina…Esa que esta mañana le dio aquel brigadista con la cara llena de pecas, (el irlandés lo llamaban), herido en una pierna. Vuelve sobre sus pasos. Ya no hay nadie. En el pequeño ventanuco de la portería se distinguen unos zapatos gastados. Junto a ellos deja la chocolatina. “Ya sólo faltaría que hasta los Reyes Magos se unieran también al movimiento…” Sonríe satisfecha. Ya en su lecho se arrebuja entre las sábanas y piensa, por un momento, que tal vez mañana los reyes de oriente hayan decidido regalarles la paz y la esperanza.

A mi abuela, que me legó recuerdos como éste, y a todas aquellas mujeres que, durante aquellos difíciles días, intentaron paliar el sufrimiento inútil de aquellos niños de la guerra que, entre bombas, consignas y canciones, ejercían su derecho a creer en la magia, y a ser absurdamente felices e inocentes…

Exilio

Lunes, 15 de Diciembre de 2008

El camino del exilio implica dejar atrás un armario lleno de vivencias y raíces, y arrastrar por tierras extrañas un baúl lleno de tristezas…

Siempre que pienso en el exilio recuerdo aquel hermoso poema de León Felipe, “El llanto es nuestro”
Españoles:
el llanto es nuestro
y la tragedia también,
como el agua y el trueno de las nubes.
Se ha muerto un pueblo
pero no se ha muerto el hombre.
Porque aún existe el llanto,
el hombre está aquí en pie,
en pie con su congoja al hombro,
con su congoja antigua, original y eterna,
con su tesoro infinito
para comprar el misterio del mundo,
el silencio de los dioses
y el reino de la luz.
Toda la luz de la tierra
la verá un día el hombre
por la ventana de una lágrima…
Españoles,
españoles del éxodo y del llanto:
levantad la cabeza
y no me miréis con ceño
porque yo no soy el que canta la destrucción
sino la esperanza

Yo sólo tenía nueve años, cuando una tarde de invierno mi abuela me miró fijamente a los ojos y me dijo: “Anda, vamos a ponerte guapa, que tenemos que ver a unas amigas mías que hace mucho que no veo”. Mientras me peinaba, yo notaba cierto temblor en sus manos. “¿Hace mucho que no las ves?” le pregunté. Entonces soltó el peine, me giró hacia ella, y con los ojos muy azules y muy brillantes me dijo muy seria: “Cuarenta años hija, cuarenta años…”
A mí me parecieron una barbaridad. Demasiados para seguir siendo amigas, la verdad. Nos pusimos el abrigo, salimos apresuradas y mi abuela me llevó, casi en volandas, por calles y callejuelas hasta llegar a un portal que yo no conocía. Se paró, respiró muy hondo y me dijo, aunque siempre creí que se lo decía más bien a sí misma: “¡Aquí es!” No recuerdo todos los detalles. Sólo sé que al abrir la puerta de la casa un grupo de mujeres con aspecto de venerables abuelitas estuvieron llorando y abrazándose un tiempo que no fui capaz de calcular. Todo eran besos, lágrimas, intercambio de fotos, manos enlazadas. A dos o tres niños más nos sentaron en una salita a merendar medias noches, y a ver el programa infantil de media tarde. No nos conocíamos, así que no nos dijimos nada. A veces nos mirábamos de reojo y nos sonreíamos… No fuimos conscientes, hasta muchos años después, de lo que allí realmente había pasado, mientras masticábamos chorizo de Pamplona y reíamos las ocurrencias de aquellos payasos en blanco y negro . El reencuentro esperado de una generación perdida, diezmada, desgarrada para siempre.
Muchas de aquellas mujeres salieron años después en un reportaje sobre las mujeres del 36. Pero para mí siempre serían las amigas de mi abuela, ésas que, a pesar de llevar cuarenta años sin verse, se sentían unidas por el invisible hilo de la memoria y de aquella terrible tragedia que les tocó vivir.

El hilo de los afectos

Lunes, 8 de Diciembre de 2008

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A veces la vida se empeña en abrir y cerrar puertas con esa extraña suerte de arbitrariedad que gusta mostrar a veces, y nos hace sentir que, incuso en pleno invierno, a uno le puede sonreír la primavera. Hoy quiero dar las gracias al profesor Argentino Alejandro Lunadei, por reconocer mi labor y mi empeño en recuperar la memoria. En mi nombre y en el de los míos, y en el de todos los que fueron obligados a callar o a marchar lejos, le doy las gracias por mencionarnos, por recordarnos, y por enredar su memoria y la mía con el firme hilo de los afectos.
Quiero también agradecer la mención que me hacen en sus blogs Marta Navarro (Entrenómadas) y Luis Spencer. A todos ellos gracias por recoger mi voz y tejer conmigo ese hilo de la memoria del que, queramos o no, todos formamos parte.

No sellaréis mi voz

Jueves, 4 de Diciembre de 2008

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Vosotros, descendientes,
heredaréis la voz amurallada,
la despojaréis de todas las cadenas,
la gritaréis al viento,
y la lanzaréis de nuevo a la mañana.

Sanarán las heridas,
ya no habrá más rencores.
Se abrirán las ventanas.
Entrarán los silencios
y saldrán las palabras.

Marisa de la Peña. Poemario a dos voces. “La voz libre” ed. La factoría de ediciones

Mi familia nunca me habló para inculcarme odio ni venganza, sólo para revelarme la verdad, su verdad, la que otros, desde sus posiciones de poder y gloria les obligaron a mantener callada y oculta. Porque la verdad, como dice el Evangelio, “nos hará libres”, y el silencio, por muy conciliador y apaciguador que parezca, sólo alimenta el miedo y consume los corazones de los que callan.
Comprendo a los que prefieren guardar silencio, porque no todas las situaciones fueron iguales, y hubo quien pudo rehacer su vida y restañar sus heridas al calor del hogar y del mutismo familiar, pactado para no sufrir y no hacer sufrir a los que vinieran; pero que también comprendan a los que no quisieron hacerlo y a los que no queremos hacerlo ahora. Para algunos el silencio fue un bálsamo, un refugio para olvidar. Otros no pudieron hacerlo porque no les dejaron pasar página, porque les negaron la casa, la hacienda, la patria, el derecho a ver crecer a sus hijos y a sentarse con ellos, a olvidar…

Derechos humanos

Lunes, 24 de Noviembre de 2008

“No basta que callemos, y además no es posible…” Luis Rosales.

Vivimos en un extraño país en el que resulta más cómodo ser verdugo, que juez o víctima. “Aquí nunca se hará justicia…” Las mañanas de algunos sábados de mi infancia subíamos, como muchos madrileños, a la Sierra de Madrid, a Guadarrama, a Cercedilla, en busca del frescor y el oxígeno que la capital nos negaba. Nosotros siempre llegábamos más tarde que los demás porque mi padre daba un tremendo rodeo para evitar pasar por El Valle de los Caídos (Cuelgamuros lo llamaban ellos…). Atrás dejábamos aquella cruz que se cernía amenazadora sobre el paisaje, y que ensombrecía el rostro de mi abuela y hacía que mi padre masticara entre dientes frases que yo no lograba descifrar. “Aquí nunca se hará justicia…” de esa frase sí que me acuerdo. Y de que mi abuela me apretaba la mano con fuerza mientras su mirada triste se perdía por caminos que conducían a un antiguo dolor, a una cicatriz que yo heredé más tarde cuando supe por qué nunca visitábamos aquel lugar, ni siquiera de paso… Los derechos humanos no prescriben en la memoria de los que han sufrido ni de aquellos, que amándolos, los han visto sufrir. Las lágrimas de mi abuela, los juramentos contenidos de mi padre, las viejas fotos donde mi abuelos y mis bisabuelos sonríen ajenos a todo lo que se les venía encima, y las miles de historias, los miles de rostros desconocidos que sufrieron durante décadas la humillación, el silencio, la sinrazón, la barbarie, la venganza programada y sistemática, no prescriben. Los niños judíos con su pijama de rayas mirando entre las rejas de los campos de concentración, no prescriben. Las caravanas de exiliados cruzando las fronteras arrastrando penas y maletas, no prescriben. Los presos torturados esperando la muerte en celdas nauseabundas, no prescriben. Los niños arrancados de sus madres y entregados a familias afectas al régimen de turno, no prescriben. El miedo cocinado a fuego lento durante años no puede prescribir. Pasemos página, sí, dejemos descansar a los muertos, sí. Pero leamos todos juntos la página para poder pasarla, con tolerancia, con respeto, con compasión y empatía por los que han sufrido; y luego, que cada uno descanse todo lo en paz que le permita su conciencia.

Elegía de invierno

Miércoles, 19 de Noviembre de 2008

Aquí os dejo el tema de Cinema Paradiso que me inspiró este texto y que, si queréis, puede acompañar vuestra lectura.

A mi abuelo Manuel, que se fue sin saber de mí, y ni siquiera pudo ver el tímido regreso de la primavera después del largo invierno que le toco vivir… Por él yo respiro ahora todas las flores, y hago, de la palabra libre, mi única bandera.

” se me ha muerto como del rayo…”
M. Hernández

Como del rayo sí, como del rayo
le arrancaron de aquellos que le amaban,
una fría mañana de febrero
(dolor de invierno, lluvia en los semblantes,
gafas oscuras arrastrando el paso
camino del pequeño cementerio…)
Una vida truncada, en blanco y negro,
daguerrotipo cruel de una derrota.
No pudo con las penas su persona.
Se apagó su sonrisa entre barrotes,
se marchitó la savia de sus venas,
y lloraron su muerte
los álamos del río
que conduce a la casa de la infancia.
Con él se fue el olor a hierbabuena,
a azahar, a tomillo y a albahaca.
Con él se fue la risa,
las mariposas blancas en su pelo,
los tangos de Gardel, y las mañanas.
Con él se fueron todas las palomas
y el aire se hizo denso, irrespirable.
Su voz de plata y luna
se quebró para siempre.
Las madres tejedoras,
envueltas en harapos
de odio eterno y venganza,
cortaron sin piedad el frágil hilo
que le ataba a los suyos,
a la vida de escarcha,
de flor nocturna y frágil
que le tocó vivir.
Se lo quitaron todo,
la hacienda, la alegría,
la honra, la esperanza.
Le quedó la palabra, la poesía.
y escribiendo, escribiendo
se fue volviendo agua,
se fue volviendo humo,
transparente papel, hoja caduca.
Se murió en hombre digno,
con su sonrisa puesta y sus ropas humildes,
en su pequeña casa,
con un viento invernal
y un profundo desánimo.
Una triste mañana de febrero,
en un Madrid tendido hacia el futuro,
se abandonó a la muerte…
Cansado de esperar la primavera.

Para no olvidar: el hilo de la memoria.

Viernes, 14 de Noviembre de 2008

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Ver Dibujando la memoria

Mi interés por recuperar la memoria viene de mucho antes de que yo misma fuera consciente de ello. Mi abuela fue tejiendo un tapiz con sus recuerdos y mi curiosidad, que acabó transformándose en un largo hilo, el hilo de la memoria que enhebra los tristes episodios de aquel tiempo tan duro que le toco vivir. Yo crecí en las rodillas de mi abuela, apegada a sus dichos, a su olor, a su tierna firmeza. Poco a poco me fui identificando y apasionando con aquella generación de perdedores, de luces y sombras, de penas y sacrificios, que nos dio una lección de generosidad y que supo callar para evitar más dolor y regalarnos a sus nietos la juventud que a ellos les fue arrebatada.
Cuando empecé a escribir sobre el tema, a recuperar y editar los versos de mi abuelo, a leer los testimonios de los represaliados, sabía que iba a ser un viaje muy duro, y que, en Itaca, a diferencia de Ulises, sólo me esperaba la tristeza y la derrota. A partir de entonces todo fueron reencuentros, viejos dolores, escondido orgullo, penas compartidas. Me he asomado de nuevo a la profunda sima de ese dolor, a las lágrimas contenidas, a las voces amuralladas, a los corazones heridos. No podemos igualar lo inigualable. Mi abuela siempre decía:” La guerra fue mala hija…Pero después, después vino lo peor…” Pocos años antes de morir recuerdo que me confesó, después de ver una película de nazis cuyo título no recuerdo, su profunda desilusión. “Al final será como si nunca hubiésemos existido, como si nunca nos hubiera pasado nada,como si nuestro dolor nos lo hubiéramos imaginado. Aquí nadie hará nunca una película sobre nosotros…” No recuerdo las palabras exactas pero sí el tono de desolación con que las pronunció, con ese cansancio que dan los años, y las penas… Recuperar la memoria de los míos, dotarles de la voz que nunca tuvieron, contar su pequeña historia, se convirtió para mí en una promesa, en una tarea de restitución y dignidad que tal vez algunos no entiendan. El hecho de haber sido mencionada en El País Semanal entre las diez páginas y personas (exactamente el número nueve) que luchan en la red por recuperar la memoria histórica, es mi particular forma de resarcir a mis abuelos y a todos los que ,como ellos, fueron condenados al silencio, al miedo y a la amnesia.
Si pincháis el enlace podréis ver la noticia en El País: Para no olvidar

Con la voz que le debo…

Domingo, 9 de Noviembre de 2008

A mi abuelo, con la voz heredada que le debo.

¿Cómo no imaginarte en las batallas
que me ofrece, día a día, la tristeza?

¿Y cómo no pensarte en las derrotas,
en las profundas fosas olvidadas
entre amargos barrotes
de una cárcel infame,
injusta, innecesaria?
( tapias de silencio,
muros de agonías,
voces acalladas…)

¿Cómo no hacer memoria para no hacer olvido?
¿Cómo no presentirte en tus ausencias,
en todo lo que no viví contigo,
en la mano que no pude estrecharte,
en las caricias que nos arrebataron?

¿Cómo no hacer memoria,
cómo no presentirte, pensarte, imaginarte
en las noches gastadas
de la vida imperfecta, inacabada,
que vivimos sin ti?

Y la voz que te debo
desde aquí te recuerda
con la ventana abierta
y la sonrisa puesta;
porque la vida sigue,
y siempre,
tiene que haber un tiempo
que invoque la esperanza.

Salvad los libros

Martes, 21 de Octubre de 2008

Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído” Borges

“¡Los libros no, por Dios, los libros no! ¡Salvad los libros!” Aquella fría mañana de marzo todo era un ir y venir en casa de los Martín Gago. Afectos a la república, nada podían hacer sino callar para salvar la vida. Callar y quemar todo aquello que pudiera poner en peligro la seguridad de aquellos dos ancianos y su joven hija aún soltera. En la vieja cocina de carbón ardían recuerdos, retazos de una vida: fotos, cartas, papeles políticamente comprometedores y algunos libros… “Los libros no… ¿Qué daño pueden hacernos los libros? ¿Es que también van a condenarnos por leer?” Pero por mucho que su padre se empeñara en abrazarse a algunos ejemplares Carmen sabía que era peligroso que encontraran aquellas lecturas cuando llegaran. Porque iban a llegar. Sabían donde vivían. Y si caían en sus manos algunos de aquellos títulos, quién sabe lo que podría pasar. Era mejor no arriesgarse. Así ardieron Campos de Castilla de Antonio Machado, y La madre de Gorki y La conquista del pan, de un ruso cuyo nombre era imposible de pronunciar pero que su hijo Rafita leía algunas noches hasta altas horas de la madrugada, y el Emilio de Rousseau y Cándido de Voltaire, y las novelas completas de Vicente Blasco Ibáñez, y varios ejemplares de las revistas Caballo verde, El Mono Azul y Hora de España.
Bajo las llamas inmisericordes crujían todos aquellos títulos que pudieran levantar sospechas, ya fuera por su autor, por el título o por su procedencia. En los tristes estantes medio vacíos quedaron varios clásicos: Cervantes, Lope, Calderón, Quevedo y un ejemplar en cuero negro de Las mil mejores poesías en lengua castellana. Nadie supo nunca cómo lograron sobrevivir un volumen de La vida de Jesús de Renan y El hombre y la tierra de Reclus.
A la mañana siguiente, con el olor a papel quemado impregnando todavía cada rincón de la casa, y con una extraña tristeza que presagiaba que nada bueno podría ocurrir a partir de aquel aciago día de la quema de su preciada biblioteca, mi bisabuelo Atilano Martín se levantó pronto para ir a su trabajo como cajero en el Banco Central. Nada más llegar allí fue detenido “por tener hijos desafectos al régimen en situación de busca y captura” lo que le convertía a él en un “desafecto de nivel C, es decir sin responsabilidad política directa”. Le comunicaron que su puesto ya había sido cubierto por otro compañero “adicto al nuevo régimen y fiel a los principios del nuevo orden”, el cual, seguramente, había sido el encargado de dar el informe a las autoridades pertinentes a cambio de favores y prebendas. El bisabuelo Atilano no entendía nada. Taciturno, serio, hombre de pocas palabras, sólo acertó a decir: “¿ Y para esto hemos quemado los libros?” Los suyos nada supieron de él hasta pasados unos meses, gracias a la amistad que, de toda la vida, les había unido con la familia Ruiz Jiménez , la cual ahora ocupaba una posición más o menos relevante. Salió de la cárcel de Porlier más triste y más delgado, casi irreconocible. Contaban sus hijos, muchos años y muchas vicisitudes después, que aquel lluvioso y frío día de marzo del 39 entró en las cárceles de Franco un monárquico desengañado y salió, varios meses y mucho hambre después, un republicano antifranquista convencido.
En mi casa paterna volvieron a entrar los libros y, de nuevo, una numerosa cantidad de títulos abarrotó las estanterías del salón familiar. Entre todos los nuevos ejemplares aún descansan tres libros que siempre llamaron mi atención por sus bellas cubiertas de cuero y su cosido a mano: Las mil mejores poesías, El hombre y la tierra y La vida de Jesús. Esos libros son testigos mudos de un tiempo de odio, miedo e infamia que nunca debió existir. Son un ejemplo de supervivencia en medio de la barbarie. Algún día mis hijos los heredarán, y con ellos heredarán también el legado de un respeto absoluto por la cultura y el pensamiento libre, por el derecho a defender nuestras ideas siempre con la palabra, por la defensa de la libertad y la convivencia. Esos libros seguirán formando parte de nuestra historia familiar, y servirán para recordarnos siempre que mi bisabuelo no sólo salvó los libros, sino que los libros nos salvaron a todos, sus descendientes, de la ignorancia, de la intolerancia y de la sinrazón.

“Porque contra el libro no valen persecuciones. Ni ejércitos, ni el oro, ni las llamas pueden contra ellos; porque podréis hacer desaparecer una obra pero no podéis cortar las cabezas que han aprendido de ella” F. García Lorca.

Juegos de niños

Martes, 14 de Octubre de 2008

Felipe Fernández de Irazu es, además de mi tío y un rostro irreemplazable de mi infancia, un excelente ilustrador. Ahora anda metido en un proyecto que aúna dibujos y recuerdos, y ha plasmado en diferentes ilustraciones el espíritu de su infancia perdida,dejándonos un retrato increíble de aquella triste España que le tocó vivir: la España de posguerra vista con los ojos de un niño. Porque los niños, por muy duros que sean los tiempos, por muy adversas que sean las condiciones, sólo quieren ser niños y jugar, e inventar un mundo en el que merezca la pena ser un pirata, o un soldado, o un caballero… Todos los juegos populares, que aquellos niños flacos que poblaban el Madrid de los años 40 inventaron para poder vivir su infancia, están concienzudamente recogidos en sus magníficos dibujos, y acompaña cada uno con una anécdota personal que nos hace reír, o asombrarnos, o emocionarnos hasta la médula.
La infancia de mi tío, como la de mi padre, como la de tantos niños, fue una infancia en blanco y negro donde las penurias aguzaban el ingenio y la falta de lo más básico se suplía con alegría y mucha imaginación. Pasearse por Monta y cabe es darse una vuelta por lugares que ya no existen, por juegos que ya no juegan nuestros hijos, por costumbres que han desaparecido, y por calles que han cambiado tanto que ahora nos resultan irreconocibles.
La niñez es siempre un rincón al que merece la pena volver, por muy oscuros que fueran aquellos años marcados por el hambre y la represión. Ellos no eligieron su entorno, nacieron allí, en medio del horror y la miseria, pero no por ello renunciaron a vivir haciendo lo único que sabían hacer: jugar y ser niños.¡Ojala aquella pesadilla de miedo, silencio, y criaturas escuálidas no hubiera sido más que un “juego de niños”!¡ Ójala…!


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