Libros que nos marcaron para siempre.

OTOÑO CON LORCA
Por MARISA DE LA PEÑA

Se cumple ahora otro triste aniversario del asesinato de uno de nuestros grandes escritores. Por eso quiero inaugurar esta sección con la influencia que tuvo en mí la lectura de los Sonetos del amor oscuro de Federico García Lorca.

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“Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos”

Mi primer descubrimiento literario cuando llegué a la universidad fueron los Sonetos del amor oscuro. Ya conocía al Lorca del Romancero gitano y de Poeta en Nueva York, pero los Sonetos y el Diván del Tamarit marcaron, junto al museo de Arte Contemporáneo y a Silvio Rodríguez, aquel otoño de 1986.
Los versos de Lorca se fueron enredando con aquellos días de descubrimientos, de presagios, de promesas…
Y así, los versos y las vivencias van unidos irremediablemente:”Noche arriba los dos con luna llena”, (y la lluvia en los parques) ,”llorabas tú por hondas lejanías”, (y los soportales de Moncloa), “ Tengo miedo a perder la maravilla de tus ojos de estatua”, (y las paradas de autobús), ”En vano espero tu palabra escrita”, (y una chaqueta negra), ”No me dejes perder lo que he ganado”, (y un abrigo rojo), “Quiero llorar mi pena y te lo digo”, (y una bufanda gris), ”para que tú me quieras y me llores” ( y un cálido abrazo), ”con un puñal, con besos y contigo”, (y unas manos temblorosas),” Esa guirnalda, pronto, que me muero”, (y unos labios recién encontrados) ,” Pero pronto, que unidos, enlazados”, (y un deseo detenido en un espejo) ,“boca rota de amor y alma mordida/el tiempo nos encuentre destrozados”.

Al igual que las magdalenas de Proust, cada vez que releo los sonetos o las casidas, vienen a mí los recuerdos como una bandada de aves migratorias, que , dejando atrás el frío del olvido, regresan a los cálidos humedales de la memoria.

ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS
Por MARTA LÓPEZ. En su blog El desván de los libros ( Pinchar para ver el artículo en su sitio original)

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La primera vez que me leyeron el cuento de Alicia en el País de las Maravillas era tan pequeña que mi padre me tenía sentada en sus rodillas y los pies me colgaban, veía el suelo muy lejos. Me lo leyó una tarde de verano, probablemente en agosto, en la cocina de la casa de mi abuela, que es una de esas casas viejas asturianas de aldea que tiene la cocina como primera estancia (entras a ella directamente desde la calle) y es enorme y oscura, con una ventana pequeña por la que penetra la luz a duras penas. Sentados cerca de esa ventana, me leyó mi padre el cuento de Alicia. Era un librito pequeñísimo, con unas diez hojas llenas de dibujos y donde las aventuras se contaban resumidas al máximo, pero me encantó. Solía jugar después en la parte trasera de la casa, cerca de una figal (higuera) enorme y viejísima que fue testigo de todas mis roturas de brazo y mis esguinces (me encantaba escalar). Pensaba que si de algún lado iba a salir el conejo blanco que me llevara al mundo en el que había estado Alicia, era de debajo de esa figal, de entre las raíces que se levantaban del prado, oscuras y retorcidas como los dedos de una bruja. Esa figal estuvo en pie hasta hace unos seis años, cuando un vendaval logró tumbarla. Me pareció gracioso que, al enterarme de lo que le había pasado a la figal, me vinieran a la cabeza el conejo blanco y el gato de Cheshire (a quien siempre imaginé descansando sobre sus ramas, desde la primera vez que me leyeron el cuento).

Es especial para mí este libro porque es el primero que me compré yo. A mí siempre me regalaron muchísimos libros desde pequeña. De hecho, siempre me regalaban libros y muñecas, que no me gustaban demasiado. Y una vez me regalaron un camión estupendo y enorme que tenía un botoncito en la parte delantera para poder cargarlo y descargarlo de piedras. Aun así, seguía prefiriendo los libros. Asunción, una tía de mi padre que era tacañísima y que pensaba que las cosas eran como en sus tiempos, que costaban una perrona, solía darme dinero por Reyes y por el cumpleaños. Una vez se estiró y me dio cien pesetas. Yo metía las monedas en una caja metálica de galletas suizas, junto con cromos y las postales que me enviaba mi tía Lola desde América. Lo que más me ilusionó de aprender a leer fue poder leer yo sola esas postales.

A mí me enseñó a leer mi madre en casa porque no empecé al colegio hasta los seis años (en mi época los niños hacía parvulario, pero no era obligatorio). Como me gustaba tanto que me leyeran, puse mucho interés en aprender porque me imaginaba que iba a disfrutar el doble leyendo yo los cuentos (desde pequeña he llevado a cabo ese lema punk de make yourself). Y en cuanto supe leer bien, quise comprarme el libro de Alicia en el País de las Maravillas, pero el de verdad, no esos cuentos abreviados que me habían leído. No consentí que me lo regalaran mis padres, quería comprarlo yo con el dinero que me había ido dando la tacaña tía Asunción. Recuerdo que el libro costó cuatrocientas pesetas y que mi madre tuvo que poner cinco duros porque no me llegaba.

Leí las aventuras de Alicia en el sótano de casa de mi abuela, un cuartucho al que se accedía por la parte de atrás y al que los adultos sólo podían entrar a gatas de lo pequeña que era la puerta, así que me sentía bastante metida en el País de las Maravillas. Ese sótano, tan pequeño que sólo había servido para que los hermanos de mi abuela se escondieran durante la Guerra Civil, fue el lugar en el que leí tantos libros y tantas veces me escondí jugando, porque había telas de araña y ninguno de mis primos se atrevía a entrar. Era el lugar donde guardaba mis libros, mis tesoros, en una caja de madera que había servido antes para guardar botellas de vino. Pero cuando tenía siete años, los libros desaparecieron del sótano. Nunca tuvimos constancia de quién había sido, pero siempre creímos que la culpable era una vecina de mi edad a la que me negué a dejar más libros después de que me devolviera El flautista de Hamelin todo manchado de chocolate.

Hace un par de años, paseando por Oviedo, vi en el escaparate de una librería este libro de Alicia cuya imagen aparece en este post. Me lo compré y volví a leerlo. Me pareció tan mágico como la primera vez.

Alicia en el País de las Maravillas no sólo es un libro para niños, sino para todas aquellas personas con imaginación y ganas de desafiar la lógica. Es un libro sobre la libertad y la valentía. Y para mí es muy especial porque, de pequeña, al ver por primera vez las ilustraciones de Alicia, yo creí que el dibujante me estaba retratando a mí y que, en realidad, Alicia era yo.

PALABRAS EN EL TIEMPO
Por MARISA DE LA PEÑA 

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Ni mármol duro y eterno,
ni música ni pintura,
sino palabra en el tiempo.”

Antonio Machado

Machado es, sin duda, el primero de los grandes poetas que marcó mi educación sentimental y literaria. Con él descubrí la palabra poética y me empapé de emociones sencillas y profundas, que no hicieron sino enraizarse cada vez más en mi interior.
Mis primeras lecciones de filosofía vinieron de la mano de sus Proverbios y cantares, pensamientos condesados en versos breves y sentenciosos que invitan a la reflexión sobre los grandes temas que preocupan desde siempre al ser humano: la VIDA, la MUERTE, el TIEMPO y el AMOR.
Hacer una selección de sus poemas es casi imposible. Todos resultan insustituibles y necesarios para comprender su evolución poética y su concepto de la poesía como “honda palpitación del espíritu”, como ”palabra en el tiempo”. Sigamos leyendo a este poeta sincero, directo y necesario, que a través de su palabra nos engrandece, nos enriquece y nos vuelve más humanos.